«Algunas verdades solo piden coherencia»

Hay verdades que no se dicen porque no caben en una frase, y otras que, cuando se dicen, pierden peso. Quizá por eso uno aprende con el tiempo a no pronunciarlas del todo, a dejarlas insinuadas, como se deja una luz encendida en una habitación contigua, o en el pasillo, no para que deslumbre, sino para que acompañe.

He pensado mucho en la verdad. No en la que se defiende ni en la que se grita, sino en la que está y persiste cuando nadie mira. Esa que no sirve para ganar discusiones ni para quedar bien, pero que ordena algo por dentro, como si colocara las cosas en su sitio sin hacer ruido. La verdad, cuando es de verdad, no necesita testigos. Basta con poder mirarse sin esquivar la mirada.
Durante siglos hemos confundido la verdad con la certeza, y la certeza con la seguridad. Pero la verdad rara vez es cómoda. No llega como una conclusión brillante, sino como una sospecha persistente que te obliga a revisar lo que dabas por hecho. A veces incluso te deja en silencio, porque no todo lo verdadero pide palabras y algunas verdades solo piden coherencia.

Hay verdades que envejecen porque estaban hechas de miedo, de costumbre o de repetición. Y hay otras que resisten el paso del tiempo porque nacieron de una intuición limpia, de una observación honesta, de una duda bien formulada. No son absolutas, pero son profundas. No se imponen, pero pesan.

Con los años uno descubre que mentirse es fácil y rentable, mientras que decirse la verdad exige una forma particular de valentía, la de aceptar que no siempre somos quienes creemos ser, que a veces actuamos desde lugares que no nos representan, y que reconocerlo no nos empequeñece, sino que nos devuelve densidad. La verdad no nos hace mejores, pero nos hace más reales.
También he aprendido que no toda verdad debe compartirse con cualquiera. Hay verdades que necesitan cuidado, no porque sean frágiles, sino porque pueden ser mal usadas. Compartirlas es un acto de confianza, casi de intimidad. Por eso estas reflexiones no buscan multitudes; buscan afinidad. No quieren llegar lejos, quieren llegar hondo.

Tal vez la verdad no sea un punto de llegada, sino una forma de estar. Una manera de caminar sin demasiados disfraces, de pensar sin trampas, de corregirse sin crueldad. Una forma de aceptar que lo que hoy entendemos no será lo mismo dentro de unos años, y que eso no invalida el camino, lo dignifica.
Y quizá ahí resida lo esencial, en no traicionar esa verdad íntima que no se puede demostrar, pero que se siente cuando algo encaja sin forzarlo. En seguir haciéndose preguntas incluso cuando ya no importa tener razón. En vivir sabiendo que la verdad no siempre libera, pero siempre orienta.

Hay reflexiones que no se escriben para ser leídas rápido, sino para acompañar durante un rato. Esta es una de ellas.
Una de las que no se agotan en una lectura, porque no pretenden cerrarse, sino quedarse.

Un domingo más.
Pero nunca uno menos.

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