El silencio después de la decepción

Un domingo más, y aquí estoy. No tanto para escribir algo brillante ni para ofrecer una verdad definitiva, sino para sentarme conmigo y poner en palabras eso que muchas veces la vida va escribiendo por dentro sin avisar. Hoy no vengo con certezas, sino con una sensación que ha crecido quieta, como crecen las cosas que no hacen ruido pero cambian el paisaje por dentro, el silencio después de la decepción.

No hablo del silencio que huye ni del que se cierra. Hablo del silencio que llega cuando uno ya ha puesto corazón, palabras y presencia donde creyó que debía estar, y de pronto entiende que insistir no suma, que explicar no cambia, que a veces lo más honesto no es seguir hablando sino simplemente aceptar. No es un silencio áspero; es un silencio limpio. Una pausa que no juzga, no empuja, no reprocha. Solo deja ser.

Hay decepciones que no rompen nada, solo ordenan. No hacen estruendo, acomodan. Y en ese acomodo uno descubre que retirarse no es desinterés, sino respeto. Respeto por el camino compartido, por lo vivido, por lo que sí fue y ya no es. Respeto por uno mismo y, también, por el otro. Porque forzar no es cuidar. Insistir no siempre construye. A veces lo más generoso que podemos hacer, con nosotros y con los demás, es dar espacio.

Con el tiempo uno aprende que el silencio no es vacío; es lugar. Lugar para respirar. Lugar para entender. Lugar para seguir caminando sin peso en los hombros y sin ruido en la cabeza. Y en ese silencio, lo que antes dolía empieza a colocarse, lo que inquietaba encuentra sitio, lo que confundía se aclara. Se camina más ligero, no porque se haya ganado, sino porque se ha soltado lo que ya no podía acompañar.

No creo que madurar sea endurecerse; creo que es aprender a cuidarse sin dejar de cuidar. A callar a veces, sí, pero no por indiferencia, sino porque la verdad ya se dijo y ahora toca escuchar. A apartarse cuando hace falta, pero sin cerrar la puerta. A aceptar que no todo encaja y que aun así hay belleza en lo que sí lo hizo mientras duró.

Hoy, un domingo más pero no uno menos, agradezco ese silencio que no aísla, sino que reordena. Ese silencio donde uno vuelve a encontrarse y desde ahí puede seguir, o volver, o abrir espacio a quienes caminan con la misma honestidad. Porque esto no va de alejarnos del mundo, sino de caminar en él con más verdad y menos ruido, con más calma y menos prisa, con más presencia y menos carga.

Hoy no celebro el silencio; lo agradezco. Porque en él me escucho mejor. Y cuando me escucho, puedo escuchar también a los demás.

El silencio no siempre dice: “Se acabó”. A veces dice, con suavidad y con esperanza:Aquí sigo y si es necesario vuelvo a empezar.”

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *