Entre la memoria y la mentira
Decidimos, hace casi medio siglo, construir un futuro en democracia. La Constitución no fue perfecta, pero representó un pacto, convivir sin vencedores ni vencidos, mirar adelante y dejar atrás una guerra que solo había dejado dolor.
Hoy, sin embargo, nos encontramos atrapados en un discurso que manipula ese pasado. Palabras como fascismo se usan como insulto, vaciadas de su sentido histórico. La llamada “memoria histórica” se ha convertido en un relato parcial, diseñado más para dividir que para comprender. En las aulas, nuestros hijos aprenden versiones simplificadas, unos eran los buenos, otros los malos.
Pero la historia nunca fue así de sencilla.
La consecuencia es peligrosa, formamos generaciones obedientes a consignas, no libres en pensamiento. Y mientras otros pueblos avanzan unidos hacia el futuro, nosotros seguimos repitiendo los fantasmas de ayer.
Si aceptamos esta mentira como verdad, si dejamos que nos roben la historia para manipular el presente, nos destruiremos desde dentro. Porque ninguna nación puede sostenerse sobre un relato falso.»La verdad no es una opción, es un deber moral.» Y un pueblo que renuncia a ella pierde su dignidad y su libertad.
-Quien manipula la historia usa a los ciudadanos como medios, no como fines.
-Una memoria convertida en arma deja de ser memoria y se vuelve mentira.
-Educar en consignas no forma personas libres, sino súbditos obedientes.
-La dignidad del hombre consiste en pensar por sí mismo.
-Un pueblo que se acostumbra a la mentira destruye su propia libertad.
El futuro dependerá de esta decisión moral, vivir en la verdad o degradarnos en la mentira. Y nadie nos salvará de nosotros mismos si elegimos lo segundo.