Seguir vivo 

El relojero llegó al pueblo sin anunciarse y se instaló en el local más estrecho de la calle principal, entre una farmacia que olía a alcohol antiguo y una tienda que vendía sombreros que nadie necesitaba. No colocó cartel. No hacía falta. Bastaba con el murmullo constante de los mecanismos para que todos supieran que allí se arreglaba el tiempo.

Al menos eso creían.

Los primeros meses trabajó con disciplina impecable. Ajustaba muelles, limpiaba engranajes, sustituía agujas fatigadas. Devolvía los relojes con una precisión casi humillante. Pero pronto empezó a decir cosas que descolocaron al pueblo.

—Este reloj funciona —murmuraba mientras lo desmontaba con una lupa diminuta—. El problema es otro.

—¿Cuál? —preguntaban.

—Ha dejado de preguntarse.

La frase provocaba sonrisas indulgentes. El pueblo era práctico. Nadie llevaba un reloj para que reflexionara; lo llevaba para que diera la hora. Sin embargo, con el tiempo empezaron a notar algo inquietante. Los relojes no se detenían. No adelantaban ni atrasaban. Funcionaban con una exactitud impecable. Pero el tic sonaba distinto. Más rígido. Más obediente.

Como si cumpliera sin curiosidad.

Una tarde llevé mi reloj sin que realmente necesitara arreglo. Marcaba la hora exacta, pero me inquietaba el sonido. El relojero lo abrió con esa paciencia suya que parecía exagerada para algo tan pequeño.

—No está roto —dijo sin mirarme—. Está seguro de sí mismo.

No supe si reír o marcharme.

—¿Y eso es malo? —pregunté.

—Depende —respondió—. Cuando un reloj cree que ya no tiene nada que ajustar, empieza a marcar el tiempo de otros.

La frase se quedó flotando en el aire, como si hubiera sido dirigida a alguien más.

Con los meses, el pueblo empezó a cambiar de una manera difícil de explicar. Las conversaciones se volvieron más breves. Las opiniones, más firmes. Las discusiones, más rápidas. Todo parecía más eficiente. Más claro. Más exacto.

Y, sin embargo, menos vivo.

El relojero seguía desmontando relojes que funcionaban. A veces no tocaba una sola pieza.

—No necesitan reparación —decía—. Necesitan abrirse.

Algunos empezaron a entender. Otros dejaron de llevarle sus relojes. Preferían la tranquilidad de la hora exacta a la incomodidad de que alguien les insinuara que algo en su mecanismo interior podía haberse endurecido.

Yo seguí yendo.

No porque creyera que mi reloj estuviera roto, sino porque empezaba a sospechar que el verdadero ajuste no era mecánico. Equivocarme me preocupaba. Cambiar de opinión me incomodaba. No tener todas las respuestas me inquietaba más de lo que reconocía en voz alta. Pero cada vez que el relojero abría el mecanismo y me obligaba a escuchar el tic con atención, entendía algo.

Seguir vivo no es que el reloj funcione.

Es que esté dispuesto a abrirse.

Es aceptar que el tiempo no sólo se mide: se conversa. Que cada minuto no confirma lo que ya sabemos, sino que nos pregunta si seguimos dispuestos a revisar.

Un día el relojero desapareció. Nadie supo adónde fue. La tienda quedó vacía, pero el tic continuó sonando en las casas del pueblo. Ya no con la antigua rigidez, sino con una ligera variación, casi imperceptible, que algunos aprendimos a escuchar.

Desde entonces, cuando un reloj suena demasiado perfecto, sospecho.

Y cuando algo dentro de mí deja de preguntar, me preocupo más que cuando me equivoco.

Porque el error es parte del ajuste.
La revisión es parte del movimiento.
La duda es parte del mecanismo.

Lo verdaderamente peligroso no es perder la hora.

Es perder la pregunta.

Y mientras el tic conserve esa mínima inquietud, mientras algo dentro de mí esté dispuesto a desmontarse y mirarse sin miedo, sabré que el tiempo no me ha vencido.

Sabré que sigo vivo.

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