El faro
En una costa donde el mar tenía la costumbre de ponerse serio al caer la noche había un faro antiguo.
No era especialmente alto ni especialmente famoso. No aparecía en las guías ni en los mapas turísticos. Pero llevaba tanto tiempo encendiéndose que en el pueblo nadie recordaba ya cuándo había empezado a hacerlo.
Los pescadores decían que aquello era lo único verdaderamente fiable del lugar.
Las mareas cambiaban.
Los puertos crecían.
Los barcos se modernizaban.
Pero el faro seguía ahí.
Y con él, el farero.
En el pueblo recordaban que un día apareció aquel hombre. Nadie sabía muy bien de dónde venía.
Algunos decían que fue una tarde de principios de julio, cuando el aire del mar se volvía pesado y el sol caía despacio detrás de los acantilados.
Otros juraban que fue a mediados, casi finales de marzo, cuando el invierno todavía se resistía a marcharse y el viento traía un frío que cortaba la cara.
Nadie parecía ponerse de acuerdo.
Lo único que todos recordaban era verlo subir por el camino de piedra que llevaba hasta la torre con una pequeña maleta de cuero.
Y desde entonces se quedó a vivir allí arriba.
Como si hubiera estado esperando ese lugar toda la vida.
Con los años nadie volvió a preguntarse demasiado por su historia.
Simplemente pasó a formar parte del paisaje.
Como el mar.
Como el viento.
Como el propio faro.
Su vida estaba hecha de gestos sencillos.
Cada tarde subía la escalera de caracol.
Abría la sala de la linterna.
Revisaba el mecanismo.
Limpiaba el cristal con una paciencia casi religiosa.
Después esperaba.
El momento de encender el faro nunca llegaba exactamente a la misma hora. Dependía del cielo, de la estación, de la velocidad con la que la noche se instalaba sobre el mar.
Cuando la oscuridad terminaba de caer, accionaba la palanca.
La luz comenzaba a girar.
Había algo que casi nadie sabía sobre los faros.
Desde tierra todos parecen iguales.
Pero desde el mar cada uno es distinto.
En las cartas náuticas no se reconocen por su forma ni por su altura, sino por la cadencia de su luz. Por su ritmo.
Un destello largo.
Dos cortos.
Una pausa.
Cada faro habla a los navegantes con una secuencia propia.
El de aquella costa tenía una cadencia que los pescadores podían reconocer incluso con los ojos cerrados.
Un destello breve.
Otro más largo.
Después un silencio amplio antes de volver a empezar.
Una tarde subió hasta la torre un hombre que no era del pueblo. Venía caminando despacio por el sendero de los acantilados, movido por esa curiosidad que a veces despiertan las cosas que llevan demasiado tiempo en el mismo sitio.
Encontró al farero limpiando los cristales de la linterna.
—Debe de ser un trabajo solitario —dijo.
El farero levantó la vista y sonrió con la calma de quien lleva años hablando más con el mar que con los hombres.
—El mar también lo es.
Se quedaron mirando el horizonte un rato.
Cuando la tarde empezó a oscurecer, el visitante volvió a hablar.
—Siempre me he preguntado algo —dijo—. ¿Cómo sabe usted que el faro sirve para algo?
El farero dejó el paño sobre la barandilla.
Miró el mar durante unos segundos.
—No lo sé.
El visitante frunció el ceño.
—¿Entonces por qué lo enciende cada noche?
El farero tardó un instante en responder.
—Porque ese no es mi trabajo.
—¿No?
El farero negó suavemente con la cabeza.
—Mi trabajo no es ver a los barcos.
Guardó un instante de silencio antes de añadir, casi como quien se permite una pequeña confesión.
—Aunque disfruto mucho cuando puedo verlos navegar…
y cuando puedo acompañar a algún marinero en su travesía.
En ese momento accionó el mecanismo.
La luz comenzó a girar.
Un destello breve.
Otro más largo.
Un silencio amplio antes de volver a empezar.
El farero observó el ritmo de la linterna como quien escucha una música muy antigua.
—Mi trabajo es mantener el ritmo.
Aquella noche, muchas millas mar adentro, un capitán levantó la vista desde la cubierta de su barco.
Reconoció la cadencia del faro.
Corrigió ligeramente el rumbo.
Pero el farero nunca llegó a saberlo.
Y tampoco parecía necesitar saberlo.
Al día siguiente, cuando el sol volvió a caer detrás de los acantilados, subió otra vez la escalera de caracol y preparó la luz para la noche.
Como había hecho el día anterior.
Y como haría al día siguiente.
Porque hay trabajos en los que uno no necesita ver el resultado.
Sólo encender la luz.
Y mantener el ritmo.
Aunque, en el fondo, a uno le encantaría poder verlo.
Pero los faros saben esperar a que el navegante levante la vista.
Porque en el mar, cuando la noche se pone seria, siempre hay alguien que termina buscando una luz.