«El mejor papá del mundo»

Para mi mujer.-

Han pasado apenas unas horas y, sin embargo, el tiempo parece no haber encontrado todavía su lugar, como si todo se hubiera detenido en un punto impreciso en el que lo ocurrido aún no termina de tomar forma y lo que viene después no sabe bien cómo empezar, y en medio de esa quietud extraña, en la que las palabras llegan con dificultad y los silencios pesan más de lo habitual, estás tú, sosteniendo algo que no se puede ordenar del todo, algo que no se explica, algo que simplemente se siente.

Tu padre no fue alguien que se deje encerrar en una sola mirada, ni en una única forma de ser entendido, porque hay vidas que no se construyen desde la simplicidad, sino desde la intensidad con la que se recorren, y la suya fue una de ellas, hecha de decisiones, de momentos en los que empujó hacia delante y de otros en los que le tocó sostener, con esa mezcla inevitable de aciertos y dificultades que no hacen sino confirmar lo que somos, y quizá por eso, precisamente por no haber sido una vida sencilla ni lineal, dejó algo que permanece, algo que no necesita explicarse porque se reconoce en quienes lo han vivido de cerca.

Y yo lo veo en ti, en la forma en la que lo nombras, en cómo lo sostienes sin necesidad de justificarlo, en esa verdad tan tuya que has sabido decir con la mayor de la sencillez y con toda la profundidad que contiene: “el mejor papá del mundo”. Una frase que no pretende describir ni medir, sino abrazar todo lo vivido, quedarse con lo que importa y darle un lugar desde el que poder sostenerlo ahora.

Porque tu padre fue padre, y no de una manera pequeña ni circunstancial, sino de esa forma que ocupa una vida entera, siendo padre de nueve hijos, que no es una cifra ni un dato que se enuncia, sino una historia que se despliega en muchas otras. Una responsabilidad que no se reparte, que se asume, que se lleva incluso cuando pesa, incluso cuando no es fácil, incluso cuando todo parece recaer en uno mismo, y aun así se sigue, con lo que se tiene, con lo que se puede, con lo que cada momento permite, pero se sigue, y ahí estáis todos, cada uno con vuestra historia, con vuestra forma, con vuestro camino, mejor o peor, más fácil o más difícil, pero todos hacia delante, todos con algo que viene de ahí, de ese lugar en el que alguien decidió no rendirse cuando quizá habría sido más sencillo hacerlo.

Y en esa forma de ser padre no estaba sólo el estar en lo inmediato, sino el permanecer en lo largo, en ese tiempo en el que de verdad se mide lo que un hijo significa, dejando algo que no siempre se puede nombrar, pero que sigue estando incluso cuando ya no se dice, porque hay paternidades que no se explican en gestos concretos, sino en la huella que dejan, en esa presencia que se extiende más allá de lo visible y que, de alguna manera, sigue acompañando.

También en su recorrido profesional dejó algo que no se limita a lo que construyó, porque hay trayectorias que no se entienden desde lo que se ve, sino desde lo que permanece en los demás, y más de una vez, sin buscarlo, alguien se detuvo a nuestro paso para recordar que había trabajado con él, o para él, y en esas palabras no había distancia ni formalidad, sino agradecimiento y respeto, memoria limpia, reconocimiento sin necesidad de adornos, y en esos momentos se hacía evidente que su legado no estaba sólo en lo que levantó, sino en la forma en la que trató, en la manera en la que permaneció en quienes compartieron camino con él.

Hay apellidos que no se pronuncian sólo como un nombre, sino como una forma de estar en el mundo que se reconoce incluso en la ausencia, y el suyo es uno de ellos, porque no pertenece únicamente a quien lo llevó, sino que alcanza también a los suyos, se extiende hacia la familia y acaba representando algo que va más allá de una persona concreta.

Y en esa historia hay también recuerdos que no necesitan explicación porque pertenecen a ese lugar en el que la memoria se queda a vivir, momentos en los que reunía a todos, en los que el tiempo parecía detenerse lo suficiente como para que cada uno encontrara su sitio, ya fuera en un viaje, en una salida al pinar a recoger piñas y sacar piñones, o en cualquier instante en el que la vida, sin hacer ruido, se volvía compartida, siempre con una canción que ya no es sólo música, sino recuerdo, algo que vuelve una y otra vez y que, al hacerlo, trae consigo todo lo vivido.

Y es en ese lugar al que todos regresáis, de una forma u otra, donde sigue ocurriendo lo mismo, donde vuelve a reuniros no ya desde lo que hace, sino desde lo que deja, como si incluso en su ausencia siguiera existiendo una forma de unión que no se rompe, que no desaparece, sino que continúa de otra manera.

También hubo etapas en las que la vida le llevó lejos, como en el Congo, donde la distancia hacía más difícil todo lo que hoy damos por hecho, y aun así encontraba la forma de estar, cada día, a través de lo que tenía, a través de lo posible, sosteniendo el vínculo incluso cuando lo fácil habría sido dejar que se diluyera, porque hay personas que convierten lo difícil en posible no por facilidad, sino por voluntad.

Y en esa voluntad había un centro claro, porque si hubo algo que sostuvo siempre fue lo verdaderamente importante, y ahí estabais vosotros, pero junto a vosotros, y de una forma inseparable, tu madre, Pilar, con quien construyó algo que no se mide en el tiempo ni en lo visible, sino en esa forma de estar que no se rompe, que no se negocia, que no se abandona, porque pertenece a lo esencial, una mujer que supo sostener, acompañar y dar sentido incluso en los momentos en los que la vida exigía más de lo esperado, y juntos fueron algo más que una vida compartida, fueron un lugar.

Y también en los momentos más difíciles se vio quién era, porque cuando la vida le exigió más de lo que parecía posible, en esas intervenciones largas, en esos cuidados que nunca terminó de aceptar del todo, en esos tiempos en los que habría sido más sencillo rendirse, dejarse ir o soltar, no lo hizo, sino que siguió, no por inercia ni por costumbre, sino desde una decisión profunda, porque hay quienes se sostienen por sí mismos y hay quienes, cuando ya no queda nada, encuentran la fuerza en los suyos y permanecen por ellos.

Y también en el final dejó una decisión que dice más que cualquier palabra, porque eligió descansar junto a ella, renunciando incluso a otros lugares que podrían haber sido los suyos, para quedarse esperando ese momento en el que volver a estar unidos de la única manera que ya importa, como si incluso en el descanso hubiera querido seguir afirmando esa voluntad de permanecer juntos más allá de cualquier límite.

Y habrá momentos, más adelante, cuando el tiempo recupere su forma, en los que, casi sin darte cuenta, aparecerá una sonrisa al recordarlo, como si aún quedara pendiente ese pequeño encuentro, un brindis sencillo, un cigarro encendido, una conversación sin prisa, y en ese pensamiento reconocerás también una forma de seguir sintiéndolo cerca.

Y yo, mientras tanto, sólo puedo seguir estando contigo como he estado siempre, sin invadir, sin romper nada, dejando que lo que sientes sea, porque hay momentos en los que no se trata de entender ni de ordenar, sino de acompañar, de sostener sin explicar, y en ese estar hay algo que no necesita decirse para saberse.

Lo que se ama de verdad no desaparece, simplemente cambia de lugar.

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