Cuando la vida pierda el sentido
Reflexionar sobre la vida es reflexionar sobre el límite. No sobre el tiempo que tenemos, sino sobre lo que hacemos con él mientras lo tenemos.
Durante siglos, el ser humano buscó comprender el mundo para poder vivir mejor en él. Pero en algún punto del camino, la comprensión se volvió cálculo, y la búsqueda de sentido se transformó en medición. Empezamos a saber más, pero a entender menos.
Hoy, rodeados de máquinas que piensan más rápido que nosotros, sentimos la paradoja de haber construido una inteligencia que nos supera en todo… salvo en aquello que nos hace humanos. Las máquinas aprenden, predicen, crean; pero no viven. Y, sin embargo, todo parece avanzar hacia un tiempo en el que vivir y funcionar serán casi lo mismo.
El peligro no está en la inteligencia artificial en sí, sino en lo que revela de nosotros. Hemos olvidado el porqué detrás del cómo. Que dominamos los mecanismos del mundo, pero no su sentido.
La razón técnica ha desplazado la razón vital. Sabemos medir el universo, pero no sabemos por qué seguimos existiendo en él.
Quizá ese sea el signo de una nueva crisis, no la del conocimiento, sino la del significado. La ciencia, el progreso, la eficiencia… todo avanza, pero el alma se queda quieta, mirando desde atrás cómo la velocidad del mundo le roba el aire.
Y en medio de esa carrera perfecta, donde cada error es corregido y cada duda eliminada, surge la pregunta más antigua y más olvidada. ¿Para qué?
Cuando incluso sepamos de qué y cómo vamos a morir, cuando la incertidumbre deje de ser un misterio y se convierta en un dato más del sistema, tal vez descubramos que una vida sin misterio es también una vida sin sentido.
Porque todo tiene un principio y un final. Lo sabemos.
Lo que no sabemos, y quizá nunca debamos saber, es por qué el instante que los separa sigue valiendo tanto.