¿Educamos ciudadanos o usuarios?

La pregunta no es retórica ni inocente. Durante mucho tiempo, educar significó formar ciudadanos, personas capaces de convivir con otros, de aceptar normas comunes, de participar en decisiones colectivas, de asumir responsabilidades que no siempre coincidían con su interés inmediato.

Ser ciudadano implicaba comprender que la vida compartida exige renuncias, esfuerzo y una cierta madurez moral.

Hoy, sin embargo, algo se ha desplazado de forma silenciosa pero profunda. Cada vez resulta más evidente que el objetivo ya no es formar ciudadanos, sino usuarios.

El ciudadano piensa en términos de deberes y derechos, de límites, de consecuencias compartidas. Entiende que su libertad no existe al margen de los demás. El usuario, en cambio, se mueve en la lógica de la satisfacción personal, de la experiencia individual, de la respuesta inmediata. El ciudadano acepta la incomodidad que implica vivir con otros. El usuario espera que el sistema se adapte a él. Y este cambio no es superficial, transforma la manera en que las personas se relacionan con la realidad, con la autoridad y con la propia idea de bien común.

La educación orientada al usuario prioriza la facilidad, la personalización, la ausencia de fricción. Todo debe ser accesible, intuitivo, cómodo. El aprendizaje se presenta como experiencia y el conocimiento como producto. Se mide la satisfacción, no la comprensión. Se valora la fluidez, no la profundidad. Aprender deja de ser un proceso de transformación interior para convertirse en un servicio que debe funcionar sin molestias. Y en ese tránsito se pierde algo esencial, la idea de que aprender implica cambiar, no solo adquirir.

El ciudadano se forma en el conflicto, en la deliberación, en el desacuerdo. Aprende que no siempre gana, que no siempre tiene razón, que no siempre puede elegir. Aprende a convivir con normas que no ha decidido en solitario y a aceptar límites que no se adaptan a su preferencia personal. El usuario, por el contrario, se acostumbra a sistemas que anticipan sus gustos, que filtran lo que le incomoda, que eliminan el roce con lo distinto. Cuando ese usuario se enfrenta a la vida común, no la entiende como un espacio compartido, sino como una fuente constante de frustración.

Este desplazamiento tiene consecuencias profundas. Una sociedad de usuarios es muy exigente con los sistemas, pero poco exigente consigo misma. Reclama derechos con facilidad, pero asume responsabilidades con dificultad. Interpreta las normas como obstáculos y no como acuerdos. Exige soluciones, pero rehúye implicarse en los problemas.Y cuando algo no funciona, busca un fallo externo antes de preguntarse por su propia participación en el resultado.

La tecnología ha reforzado este modelo sin necesidad de imponerlo. Ha ofrecido experiencias tan fluidas que cualquier fricción se percibe como un error intolerable. Ha convertido la personalización en un valor supremo y ha debilitado la idea de lo común. Cada persona recibe su versión del mundo, su información, su relato, su verdad. Y cuando todo se fragmenta, el espacio compartido deja de ser evidente. La convivencia se vuelve más difícil porque ya no hay un suelo común desde el que pensar juntos.

Educar ciudadanos implica aceptar que no todo puede adaptarse al individuo. Que hay reglas que no se negocian caso a caso. Que la vida en común exige renuncias, paciencia y sentido del límite.

Educar usuarios, en cambio, implica optimizar la experiencia individual, reducir el esfuerzo, eliminar la incomodidad.

Es más rentable, más medible, más vendible. Pero también más empobrecedor desde el punto de vista cívico, porque debilita el vínculo entre la persona y la comunidad.

El ciudadano se pregunta qué es justo, incluso cuando no le beneficia. El usuario se pregunta qué le conviene. El primero necesita criterio, el segundo solo necesita opciones. Y cuando el usuario ocupa el lugar del ciudadano, la democracia no desaparece de golpe, pero se vacía de contenido. Se mantiene la forma, pero se debilita el fondo. Queda el procedimiento, pero se erosiona la responsabilidad compartida que lo sostiene.

No se trata de demonizar la tecnología ni de idealizar modelos educativos del pasado. Se trata de reconocer qué tipo de personas estamos formando cuando priorizamos la experiencia sobre el criterio, la comodidad sobre el esfuerzo, la adaptación del sistema sobre la madurez del individuo. Una sociedad no se sostiene solo con sistemas eficientes, sino con personas capaces de pensar más allá de sí mismas, de aceptar límites y de asumir responsabilidades que no siempre resultan cómodas.

 

La pregunta incómoda no es si estamos aprovechando bien la tecnología en la educación, sino si recordamos para qué educamos. Porque formar usuarios es relativamente sencillo. Basta con diseñar sistemas amables, personalizados y eficientes. Formar ciudadanos, en cambio, exige tiempo, conflicto, exigencia y una cierta incomodidad que hoy parece difícil de asumir. Y quizá por eso, precisamente por eso, resulta cada vez menos atractivo.

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