El hombre que daba incluso cuando el mar no venía

Cuentan que hubo una vez un hombre que nació con un manantial en el pecho. Desde niño tenía la costumbre de dar, tiempo, palabras, calma; incluso cuando no tenía fuerzas. A quienes lo observaban les parecía inagotable.

Con los años descubrió que no todos sabían beber de él. Algunos encontraban alivio, otros bebían sin agradecer, y otros rompían el cuenco que se les ofrecía. Él seguía dando, convencido de que eso era lo que se hacía cuando se amaba.

Hubo un tiempo en el que empezó a preguntarse si tanta entrega tenía sentido. Regresaba a casa con la sensación de haberse quedado en pedazos en cada gesto. Nadie lo veía, pero él sabía que su manantial ya no corría igual, algo dentro se volvía lento y cansado.

Y entonces llegó la soledad, no la de la falta de gente, sino la que aparece cuando uno comprende demasiado. Decía que vivía en una isla con playa pero sin mar, un lugar donde se descansa sin esperar barcos. Y aun así, aquella calma tenía un sentido nuevo.

A veces sus hijos lo herían sin querer. Decían que se estaba volviendo raro, casi un ermitaño. Él sonreía, intuía que algún día entenderían que hay silencios que nacen del amor, no del cansancio.

En esa isla comprendió que la generosidad no es una virtud pura, sino un equilibrio delicado entre el corazón y el mundo; que dar sin medida a veces es miedo a perderse o incapacidad de decir “hasta aquí”.

Pero también entendió que el amor verdadero no conoce reciprocidades. Un hijo, una hija, una hermana, un amigo pueden ser puerto incluso cuando no lo parecen. Y que la generosidad, aun cuando duele, también salva, no al otro, sino a uno mismo.

Todavía hoy, dicen, su manantial sigue vivo. Ya no desbordado, sino más sereno y más propio. Un agua que ha aprendido que no toda sed merece respuesta.

Y sin embargo él sigue dando. No por necesidad ni por costumbre, sino porque ha entendido que ese manantial es su forma de estar vivo, y renunciar a él sería renunciar a su nombre.

Yo creo que todavía intenta comprender que la vida no consiste en conservarse intacto, sino en no perderse. Y que la verdadera generosidad no es desbordarse, sino ofrecer el agua justa para que nadie se ahogue, ni siquiera uno mismo. Ojalá algún día lo termine por aprender.

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