Escuchar en tiempos de ruido

Un domingo más, y nunca uno menos, vuelvo a este pequeño ritual que ya forma parte de mi manera de estar en el mundo. No vengo con respuestas ni con certezas, sino con una sensación que lleva días rondándome, la idea de que, en medio de tanto ruido, hemos olvidado el arte de escuchar.

No hablo de oír, que es automático, sino de escuchar de verdad, que exige atención, humildad y un tipo de presencia que ya casi no practicamos.

La inteligencia artificial nos ofrece rapidez, eficiencia y soluciones inmediatas, pero en esa inmediatez nos arrebata algo esencial, el tiempo para comprender, para detenernos, para entrar en el mundo del otro.

He llegado a pensar que la mayor dificultad no está en lo que nos rodea, sino en lo que cargamos dentro. Cada uno convive con su propio ruido, con miedos, prisas y pequeñas tormentas que nos vuelven sordos incluso a lo que más importa. Escuchar es un acto de humildad. Un reconocimiento silencioso de que no lo sabemos todo y de que, a veces, ni siquiera sabemos escucharnos a nosotros mismos.

Los prejuicios son la primera barrera. Levantan un muro invisible que nos hace seleccionar sólo lo que confirma lo que ya pensábamos. Y mientras tanto, el peor grito sigue siendo el que no se oye, el de quien calla porque siente que nadie está dispuesto a escucharle.

Con los hijos lo vemos claro. Queremos que atiendan, que comprendan, que sigan. Pero pocas veces escuchamos su mundo con la misma profundidad con la que exigimos el nuestro. Ellos preguntan sin máscaras; nosotros respondemos desde la prisa.

Las redes sociales han convertido la conversación, algo mágico, en un intercambio reducido, apresurado y superficial. Un espacio donde la velocidad gana a la profundidad. Pero escuchar requiere tiempo, y pensar también. No se puede sentir con prisa. No se puede comprender a toda velocidad.

Y con los años uno aprende algo importante, no podemos escuchar todo. La madurez consiste en elegir nuestras escuchas, en separar la voz del ruido, en reconocer qué merece nuestra atención y qué sólo ocupa espacio. La vida se hace más clara cuando aprendemos a escuchar lo esencial.

Y entonces aparece esta idea sencilla, pero enorme: «Cuando escuchamos de verdad, damos tiempo y recibimos mundo».
Ese es el regalo. Ese es el acto de amor, de presencia y de humanidad que ninguna máquina puede replicar.

Hoy dejo aquí esta reflexión como quien deja un pequeño faro encendido en medio de la noche. Una invitación a volver a escuchar de verdad, incluso cuando el mundo corre más rápido de lo que podemos seguir.

Un domingo más, pero nunca uno menos.

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