La lealtad: una fidelidad silenciosa

Hay días en los que uno mira hacia dentro y descubre que lo que realmente sostiene la vida no son los éxitos ni las certezas, sino los valores que uno se empeña en no traicionar. La lealtad, por ejemplo, esa fidelidad silenciosa que no presume y que, sin embargo, define quiénes somos cuándo nadie nos mira.

Hay principios que nacen instintivamente y otros que se aprenden con el tiempo, a fuerza de golpes y reconciliaciones. Todos construyen un suelo que no siempre es cómodo, pero sí honesto. Un suelo que a veces te deja solo y otras te devuelve, sin ruido, a quienes de verdad te quieren cerca. Ahí uno entiende que vivir con valores no es teoría, es una forma de respirar.

Pienso a menudo que la lealtad no es hacia lo que hacemos, sino hacia lo que somos. Que un valor no es un lema, sino un gesto cotidiano. Que ser fiel a uno mismo es, quizá, la manera más profunda de cuidar a los demás. Porque quien actúa desde la verdad ofrece un lugar seguro incluso cuando no sabe explicarlo.

Y aun así hay algo más, un orgullo silencioso de pertenecer, aunque sea en minoría, a esa forma de ser que todavía cree en la integridad, en la coherencia y en el valor de sostener lo que se dice y lo que se ama. No es un orgullo que se grite, sino el que permite reconocerse y decir, a pesar de todo, sigo siendo quién debía ser.

En ese espacio íntimo caben pocos amores, pero los que caben lo hacen para siempre. El amor incondicional, el que se siente por un hijo, una hija o alguien que te rompe y te recompone, no se rige por méritos, sino por presencia. Por estar incluso cuando duele. Por permanecer incluso cuando no se comprende. Por sostener incluso cuando el otro no sabe cómo recibirlo.

Ahí, donde confluyen los valores, la lealtad, el amor sin condiciones y ese orgullo íntimo de permanecer fiel, es donde de verdad se forja una vida. No en los discursos brillantes, sino en la lenta resistencia de quien se niega a dejar de ser íntegro, aunque cueste tiempo o compañía.

A veces la vida no pide grandeza, sino profundidad. No pide que uno lidere, sino que permanezca. Y quizá ahí empiece la autenticidad, donde los valores sostienen el alma, la lealtad sostiene los vínculos, el amor sostiene todo… y la fidelidad a uno mismo sostiene la vida entera.

Un domingo más, pero nunca uno menos.

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