No quiero tener razón este domingo
La casa está en silencio. No es un silencio solemne ni dramático, es simplemente el silencio de un domingo temprano. Ese silencio que no empuja, que no exige, que no corre. La luz entra con suavidad, sin imponerse. El café se enfría mientras pienso más de lo que escribo. El cursor parpadea, paciente, como si supiera que el problema no es qué decir, sino desde dónde decirlo.
He escrito muchos domingos con una intención casi automática. Ordenar. Traducir lo vivido en una idea clara. Construir un pensamiento que se sostenga. Siempre me ha gustado la coherencia. Me gusta cuando las cosas encajan, cuando un argumento no cruje, cuando una conclusión cae con el peso exacto de lo que parece evidente. Hay algo profundamente tranquilizador en el punto final. Es pequeño, pero firme. Tiene algo de gesto decidido.
Sin embargo, llevo tiempo sospechando de los finales demasiado limpios.
Hace días volvió a mí una frase de Joaquín Sabina que habla de ese lugar “donde el punto final de los finales no le siguen dos puntos suspensivos”. Y no he podido dejar de pensar en ella. Porque esa imagen sugiere una clausura absoluta. Un cierre sin eco. Sin continuación. Sin margen.
Y yo no he conocido jamás un final así.
Nada en mi vida ha terminado del todo. Ni las decisiones importantes. Ni las conversaciones difíciles. Ni los errores. Ni siquiera los aciertos. Todo deja rastro. Todo vuelve. Todo pide revisión. Lo que ayer parecía indiscutible hoy solicita matiz. Lo que defendí con convicción hace años hoy lo miro con otra perspectiva. No porque estuviera mintiendo. No porque traicionara mis valores. Sino porque sigo viviendo.
Y vivir transforma.
Entonces me pregunto por qué esa necesidad casi invisible de tener razón. No nace de la soberbia. Nace del miedo a perder suelo. Del deseo de sentirme sólido en un mundo que cambia demasiado rápido. De construir algo que no se tambalee cuando todo alrededor parece moverse.
Tener razón da estabilidad.
Da identidad.
Da una sensación de control.
Pero también estrecha.
Cuando necesito tener razón, escucho distinto. Escucho para responder, no para entender. Leo buscando confirmación. Interpreto las palabras del otro como piezas que debo encajar o desmontar. Y sin darme cuenta, convierto el pensamiento en una defensa.
Ahí se empobrece.
He descubierto que muchas veces escribo para cerrar. Para dejar el mundo en su sitio, aunque sea el mundo pequeño de mis ideas. Como si el punto final fuera una forma discreta de autoridad. Como si pudiera domesticar la complejidad colocando una conclusión firme.
Pero la vida no es firme. Es cambiante, contradictoria, imprevisible. Me ha obligado a revisar posiciones. A cambiar decisiones. A reconocer que algunas certezas no eran definitivas. Y cada vez que he cambiado, lo primero que he tenido que soltar ha sido esa necesidad de parecer coherente hacia fuera.
Porque cambiar de opinión asusta. Parece una debilidad. Parece admitir error. Pero quizá lo verdaderamente peligroso no sea equivocarse, sino blindarse.
Hay textos y personas que me han hecho sentir pequeño. No por humillación, sino por amplitud. Porque me han mostrado que lo que yo consideraba sólido era apenas una parte del mapa. Durante mucho tiempo esa sensación me incomodó. Hoy empiezo a entenderla como un privilegio. Sentirse pequeño ante algo grande no es derrota. Es medida.
Por eso este domingo no quiero tener razón.
No quiero que la última frase suene a veredicto. No quiero que el punto final sea un candado. Prefiero que sea una pausa. Prefiero que detrás de cada afirmación quede espacio para la revisión. Que cada convicción conserve la humildad de su posible transformación.
Mientras esté vivo, no puedo aspirar a ese lugar imaginario donde el punto final de los finales no deja rastro de puntos suspensivos. Porque vivir es proceso. Es corrección. Es aprendizaje. Es historia que se reescribe. La conciencia humana no es mármol. Es movimiento.
Tal vez la frase de Sabina no hable de la vida. Tal vez hable de ese lugar donde el proceso termina. Donde ya no hay revisión posible. Donde el tiempo deja de operar. Donde la historia personal se cierra para siempre.
Ese lugar donde el punto final no necesita puntos suspensivos porque ya no hay mañana. No hay error que corregir. No hay idea que revisar. No hay aprendizaje pendiente. Solo el final por el final. Y para la eternidad.
Si ese lugar existe, no es humano. Es trascendente. Es el territorio donde la búsqueda cesa porque ya no hay carencia. Donde el deseo se apaga porque ya no falta nada. Donde el pensamiento ya no evoluciona porque ha terminado.
Mientras tanto, aquí, en este domingo sereno, sigo incompleto. Sigo aprendiendo. Sigo cambiando.
Y por eso no quiero tener razón para siempre.
Quiero estar dispuesto a revisarme. Quiero poder cambiar sin derrumbarme. Quiero sostener mis convicciones con firmeza, pero sin convertirlas en armadura.
Quizá la verdadera madurez no consista en alcanzar conclusiones definitivas, sino en aceptar nuestra condición temporal. En comprender que cada punto final que escribimos es apenas una estación. Que la coherencia no es rigidez, sino fidelidad a una búsqueda que sigue abierta.
Tal vez el único punto final sin puntos suspensivos será el último. El que no podremos corregir. El que ya no tendrá margen.
Y precisamente por eso, mientras esté aquí, mientras pueda pensar, dudar, equivocarme y aprender, elijo vivir con puntos suspensivos.
No por indecisión.
No por debilidad.
Sino por conciencia de límite.
No quiero tener razón este domingo.
Quiero estar vivo mientras pienso.
Y eso significa aceptar que, hasta el final verdadero, cada punto final es apenas una pausa.
(…)
Uno más, pero nunca una menos.