«Pensar exige pausa»

Vivimos tiempos extraños, quizá no tanto por lo que ocurre, sino por la manera en que hemos aprendido a juzgarlo todo. A menudo tengo la sensación de que nada puede pensarse sin ser inmediatamente clasificado, aprobado o condenado, compartido o cancelado, reducido a una consigna que nos permita pertenecer al grupo correcto sin demasiado esfuerzo.

Opinar se ha vuelto más importante que comprender, y hacerlo rápido, casi automático, parece hoy un valor en sí mismo.
Hay una moral que no se impone por la fuerza, sino por el miedo. El miedo a disentir, a pensar distinto, a quedarse solo en mitad de la plaza pública. No nace de la convicción profunda, sino de la necesidad de encajar. Una moral que no se pregunta si algo es verdadero, sino si será bien recibido. Y así, sin apenas darnos cuenta, muchos aprenden a aplaudir lo que no sienten, a callar lo que piensan y a repetir lo que tranquiliza al rebaño.

Las redes han convertido el juicio en un reflejo y la indignación en moneda. Todo es inmediato, todo es visible, todo exige posición. Pero en ese ruido constante se pierde algo esencial que es la responsabilidad personal de pensar.

Pensar exige pausa, exige asumir el riesgo de no gustar, de no ser entendido, de no recibir validación. Pensar tiene un precio, y quizá por eso cada vez se delega más.

No deja de ser paradójico que hablemos tanto de libertad en una época en la que cuesta tanto sostener una voz propia. Se nos anima a ser únicos, pero se nos corrige en cuanto esa singularidad incomoda. La diferencia se celebra en abstracto y se penaliza en lo concreto. Así, muchos terminan eligiendo la seguridad de la corrección frente a la soledad, a veces necesaria, de la honestidad.

Pero vivir así tiene un coste silencioso. Poco a poco uno deja de preguntarse qué piensa realmente, qué siente de verdad, qué cree en el fondo. Se aprende a reaccionar más que a reflexionar, a obedecer más que a comprender. Y sin darse cuenta, lo que parecía adaptación acaba siendo renuncia.

No escribo esto como un alegato contra nadie, sino como una invitación, también para mí, a mirarnos con más honestidad. Tal vez la verdadera rebeldía hoy no consista en gritar más fuerte, sino en pensar mejor. En atreverse a no repetir. En concederse el tiempo de una reflexión propia, aunque no reciba aplausos inmediatos.

Porque no hay pérdida mayor que la de traicionarse para no quedarse solo. Y no hay soledad más profunda que vivir rodeado de aprobación mientras uno se abandona por dentro.

Hoy, en este domingo más, y nunca uno menos, me quedo con una idea sencilla y exigente a la vez y es que no todo lo que se comparte merece ser pensado, pero todo lo que se piensa de verdad merece tiempo. Y quizá ahí, en esa pausa, empiece de nuevo algo muy parecido a la libertad.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *