«Una mirada hacia dentro»

Estas reflexiones de domingo nacen siempre desde un lugar distinto, pero este domingo, quizá por necesidad, nace primero para mí. No para dar respuestas ni apuntalar certezas, ni siquiera para aportar algo al debate que tantas veces acompaña estas publicaciones. Hoy escribo para entenderme, porque a veces las palabras ordenan lo que la mente dispersa, y ponerlo por escrito es la única manera de mirarlo sin disfraz ni ruido. Si luego, por coincidencia, a alguien más le sirve, será un regalo añadido; pero este texto, en su origen, es un acto de honestidad conmigo mismo.

En estos días he sentido con más claridad que no siempre soy quien quiero ser, y que en ocasiones, sin esperarlo ni quererlo, me asomo a comportamientos que no reconozco del todo. No se trata de culpas ni de arrepentimientos, sino de esa incomodidad íntima que aparece cuando uno percibe la distancia entre lo que cree que es y lo que realmente muestra. Una distancia casi invisible para los demás, pero nítida para mí.

Reflexionar sobre esto no es agradable, pero es necesario. La escritura ayuda a fijar la mirada donde normalmente uno no quiere detenerse, en la impaciencia que surge cuando no toca, en las formas que se desajustan, en las palabras que, aun siendo ciertas, no siempre salen con la serenidad debida. No busco excusas ni atajos morales. Me basta con reconocer que hay momentos en los que no estoy a la altura de lo que espero de mí. Y solo cuando uno lo admite sin miedo puede empezar a cambiar algo.

Mirarse de frente nunca ha sido sencillo. A veces da vértigo descubrir que la exigencia que uno pone fuera quizá nace de otra, más dura, por dentro. A veces duele comprobar que no toda fortaleza es virtud y que ciertos impulsos, aunque nazcan del deseo de hacer bien las cosas, dejan un eco que no representa lo que uno quiere dejar en los demás. Y aceptarlo no implica castigarse, implica crecer, aunque duela un poco.

Escribirlo trae una claridad que no siempre se encuentra viviendo hacia afuera. Cuando reflexiono así, algo se acomoda, como si las piezas desordenadas encontraran un lugar. La autocrítica no es un látigo, sino un modo de avanzar. Y si hay un compromiso que merece mantenerse vivo es el de intentar ser mejor, aunque el camino nunca sea recto ni perfecto.

Hoy me quedo con esto: reconocer las propias sombras no resta luz, ayuda a dirigirla. Y escribirlo no es una confesión pública, sino la confirmación íntima de que sigo aprendiendo y quiero seguir haciéndolo mientras tenga consciencia para mirarme y humildad para aceptarlo.

Una más, pero no una menos.

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