«No todo lo que duele es fracaso»

He aprendido a desconfiar de las verdades que llegan demasiado limpias, de esas que no han pasado por el barro ni por la duda, y también de los aplausos que no dejan eco, porque suelen desaparecer antes de que uno tenga tiempo de preguntarse si los merecía. La vida no suele equivocarse, pero se permite licencias, giros inesperados, pequeñas trampas que después somos nosotros quienes pagamos, casi siempre en forma de aprendizaje tardío.

Hay días en los que uno se levanta siendo quien cree ser, y otros en los que se reconoce apenas en una versión cansada, desdibujada, de alguien a quien conocía bien. Con el tiempo he entendido que no todo lo que duele es fracaso, que no todo lo que calma es hogar, y que no todo el que se queda sabe realmente quedarse. Algunas presencias acompañan, otras simplemente ocupan espacio.

He perdido cosas que no quería perder y he conservado otras únicamente por miedo a quedarme solo. De eso también se aprende. Con los años descubrí que la dignidad no hace ruido, que el orgullo pesa más cuando no sirve para nada, y que pedir perdón no empequeñece, sino que coloca a cada uno en su sitio, que casi siempre es más humilde de lo que nos gustaría.

No siempre fui justo. No siempre fui paciente. No siempre fui elegante con mis silencios. Pero nunca dejé de intentar comprender qué parte de mí estaba hablando cuando hablaba, qué cansancio, qué miedo o qué necesidad se colaba en mis gestos. Mirarse así no es cómodo, pero es necesario si uno no quiere vivir engañándose.

Hay errores que se cometen por hambre, otros por costumbre, y algunos simplemente por no saber parar a tiempo. El tiempo, al contrario de lo que se dice, no cura nada; lo que hace es ordenar las cicatrices para que no sangren todas a la vez y podamos seguir caminando sin desangrarnos en público.

He querido más de lo que supe cuidar y he cuidado cosas que no sabían ser queridas. No todo el mundo merece tu mejor versión, pero uno sí merece no traicionarse para encajar, no rebajarse hasta desaparecer por el simple miedo a no ser aceptado.

Hoy no quiero ganar. Quiero estar en paz con lo que fui y con lo que todavía no soy. Si algo he aprendido es que vivir no consiste en acertar, sino en no dejar de hacerse preguntas cuando las respuestas ya no importan tanto como la honestidad con la que se formulan.

Este domingo no trae moralejas ni conclusiones definitivas. Trae una tregua. Un acuerdo silencioso, sin firmas, con el tipo del espejo, seguir, aunque a veces duela; pensar, aunque incomode; sentir, aunque no convenga.

Un domingo más.
Pero nunca uno menos.

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