Ser uno mismo en un mundo que olvida lo humano
El ser humano es imperfecto, y en esa imperfección reside su verdad. Con el tiempo uno aprende que, paradójicamente, a quien más ayudas es muchas veces quien antes te traiciona. Te venden, casi sin darse cuenta, por una promesa pequeña, por una oportunidad que creen que vale más que la lealtad. Y cuando eso ocurre, cuando sientes que la fidelidad se desvanece ante el interés, comprendes que el éxito también es una forma de soledad.
La vanidad es humana, pero la dignidad es lo que importa. Es ese espacio interior que nadie puede comprar ni arrebatar.
No se trata de construir una sociedad de iguales, sino una sociedad justa. La igualdad es un deber de los gobiernos, pero no debe confundirse con la injusticia de equiparar al que se esfuerza con el que no. Hay diferencia entre quien busca mejorar y quien se acomoda. Y sin embargo, todo parece diluirse en un relato que no distingue mérito de costumbre.
Vivimos un tiempo en que la inteligencia artificial promete hacernos la vida más fácil, pero nos roba lo esencial, la necesidad de pensar, de reflexionar, de detenernos ante el misterio. Por eso es vital recordar que uno no es sus cosas. Ni su cargo, ni su dinero, ni sus logros. Yo no soy mis cosas; soy lo que permanece cuando todo lo demás desaparece.
Ser uno mismo no tiene que ver con la altura ni con el éxito. Es mantener la conciencia despierta en medio del ruido, ser el mismo cuando te aplauden y cuando te ignoran. Y eso, en una sociedad que mide el valor por lo que se tiene y no por lo que se es, se convierte casi en un acto heroico.
La felicidad no está en las cosas ni en el reconocimiento; es una aspiración silenciosa, una manera de estar en paz con lo que eres y con lo que haces. La serenidad del espíritu y la coherencia con uno mismo son formas de sabiduría que no se enseñan en ningún aula, se viven. Leer, reflexionar y escribir siguen siendo los actos más revolucionarios que quedan.
Vivimos en un tiempo en que la técnica supera al alma, donde la competencia no se corresponde con la justicia, donde a veces se paga más por el poder que por la virtud. Lo justo parece ser, demasiadas veces, aquello que conviene al que dicta la sentencia. Y eso, en cualquier tiempo, es una tragedia moral.
Aun así, sigo creyendo en las personas. En mirar a los ojos. En la relación directa y honesta. En que lo más grande no siempre es lo mejor. Porque lo verdaderamente importante sigue siendo humano, sigue teniendo rostro.
Y aunque la inteligencia artificial sea capaz de procesar todos los datos del mundo, nunca sabrá lo que siente el corazón cuando actúa con verdad.
Porque lo que nos hace humanos no es la perfección, sino la conciencia de nuestra fragilidad. Y en esa fragilidad habita, todavía, nuestra grandeza.
Un domingo más, pero no una menos.