Un mundo coherente que no dependa de ideologías

Hay verdades que no gritan, pero están ahí, sosteniendo el mundo en silencio, y una de ellas es que la energía que usamos cada día es mucho más compleja que las discusiones rápidas que la reducen a un color, a un eslogan o a una tecnología convertida en símbolo, porque hablar de energía exige respirar hondo y mirar más allá del entusiasmo del momento.

Hablamos del futuro eléctrico como si fuera una autopista sin curvas, cuando sabemos que la electricidad solo es tan limpia como lo es su origen, que detrás de muchas baterías cargadas hay gas, carbón o ciclos combinados, y que en ese gas se esconden fugas invisibles de metano que pesan más que cualquier intención declarada.

Hablamos de combustibles renovables como si fueran una excusa del pasado, cuando en realidad permiten que motores existentes sigan funcionando mientras reducimos emisiones y mientras la infraestructura se transforma paso a paso sin romper lo que sostiene nuestra vida diaria, y en esa continuidad hay una virtud que nadie debería ignorar.

Y hablamos poco, muy poco, de la energía nuclear, quizá porque incomoda, quizá porque exige rigor, quizá porque nos obliga a aceptar que sin su estabilidad la electrificación masiva se apoya sobre el gas, y sin esa estabilidad la red se vuelve frágil, y sin una red firme cualquier transición es apenas un deseo bienintencionado.

La energía no es una batalla entre tecnologías, sino una arquitectura hecha de piezas distintas que encuentran su lugar según lo que cada una puede ofrecer, porque la electricidad será esencial donde pueda ser limpia y continua; los combustibles renovables serán clave donde la electricidad no llegue; y la energía nuclear será la base silenciosa que hace posible que todo conviva sin derrumbarse.

Quizá sea hora de decirlo claro, sin miedo y sin ruido, que la transición energética no la ganará quien prometa más, sino quien entienda mejor, y que el futuro no se construye con dogmas, sino con equilibrio, con conocimiento y con la valentía de mirar de frente lo que tantos prefieren callar.

¿Estamos preparados para una conversación adulta sobre la energía que realmente sostiene nuestra vida?

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