Tomar una decisión no es poder
Aquella mañana el aire tenía un espesor extraño, como si el tiempo se hubiese detenido a contemplar su propia quietud. Las paredes respiraban lento, el reloj sonaba con una parsimonia que ya no medía las horas, sino el peso de las decisiones no tomadas. Y en medio de esa calma espesa, comprendí que había llegado el momento.
Las decisiones no irrumpen como relámpagos, eso es lo que cree la gente apresurada; más bien germinan por dentro, se fermentan en el alma como un vino que envejece en silencio. Uno a veces decide no por certeza, sino por agotamiento. Se decide cuando el alma ya no soporta el peso de su propia espera.
Tomar una decisión no es un acto de poder, sino de rendición. Es dejar de pelear con lo inevitable. Pero al hacerlo, el mundo cambia de postura, los objetos parecen alinearse, los silencios se ordenan, y hasta la luz entra distinta por la ventana. Todo parece haber estado esperando ese pequeño gesto para acomodarse en su sitio.
Entonces llega esa extraña forma de generosidad que es dar libertad fingida. Ya has decidido, pero abres un margen de aire para que los demás se pronuncien, como si aún hubiera algo por resolver. No es hipocresía; es delicadeza. Les regalas la ilusión de la elección para que puedan aceptar lo que ya está hecho. Porque a veces la libertad del otro consiste simplemente en permitirle decir que sí a lo que ya ha ocurrido.
Y en ese teatro silencioso, donde todos actúan sin saber que la obra terminó, se produce un milagro. Las dudas se disuelven, las culpas se desvanecen, y la mente, que hasta entonces era un enjambre, se aquieta. La claridad llega sin anunciarse, entra despacio, sin estridencias, y uno se descubre liviano, casi transparente, como si el alma se hubiera sacudido una costra de miedo.
Decidir no es imponer, sino liberar. La vida no premia al que tiene razón, sino al que se atreve. El acierto es menos importante que el movimiento. Y fingir conceder libertad no siempre es engaño, a veces es el último acto de amor posible.
El día se fue despidiendo con la lentitud sagrada de los domingos que parecen no querer acabarse. Afuera, el viento traía un rumor antiguo, como de alas lejanas. Alcé la vista, y por un instante creí verla. La hitipía, el ave de lo imposible, cruzando el cielo con un resplandor breve, imposible de nombrar.
No supe si era real o inventada, pero supe que su vuelo era el mismo que me había movido por dentro, el impulso de quien, al decidir, deja atrás el miedo y se atreve, por fin, a volar… Una menos pero no una más.