La estupedacia

He decidido nombrarla: estupedacia. Hay palabras que faltan, y su ausencia permite que el mal se disimule.

Durante años he visto pasar por despachos, consejos, gobiernos y pantallas a un tipo de personaje que no encaja del todo en ninguna categoría, no es tonto, pero tampoco es sabio; no es inocente, pero tampoco del todo perverso.
Hasta hoy no tenía nombre. Ahora sí: estupedaz.

La estupedacia es la mezcla venenosa entre la estupidez y la audacia; es la ignorancia que se cree lúcida, el error que se disfraza de estrategia, la mediocridad que avanza con paso firme porque no duda de nada.Y eso la hace letal.

El estupedaz no destruye por maldad, sino por exceso de certeza; no miente por cálculo, sino por incapacidad de dudar; y no escucha porque confunde el silencio ajeno con aprobación. Su poder no nace del talento, sino del ruido; de la seguridad con que afirma lo que no entiende; de su habilidad para rodearse de cómplices que confunden obediencia con inteligencia.

La estupedacia tiene un encanto extraño, se disfraza de eficiencia, se viste de liderazgo, se vende como modernidad. Y en nombre del progreso, lo arrasa todo.
El mal no siempre viene con colmillos. A veces lleva traje, sonríe con confianza y cita frases de motivación. Pero debajo late lo mismo: la estupedacia.

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