Palabra de honor
Dicen que en cada persona vive un niño que alguna vez creyó que las palabras eran puentes y no trampas, que un sí era un sí y un no no necesitaba explicación, y que la confianza se deposita en los gestos pequeños y no en los documentos ruidosos. Con los años ese niño aprende a distinguir sombras de luces, descubre que no todas las voces significan lo que dicen, que no todas las manos aprietan con la misma verdad y que no toda compañía acompaña.
La vida, lenta y persistente, enseña que la palabra no se entrega al mundo como un adorno, sino como un acto de identidad que antecede a los hechos y los compromete. Cuando alguien dice “puedes contar conmigo”, está dibujando un mapa de sí mismo, está señalando dónde está, dónde quiere estar y hasta dónde está dispuesto a llegar.
Hay quien piensa que cumplir es un gesto heroico, un acto que debería celebrarse como una hazaña, aunque en realidad debería ser algo natural. Cumplir es unir los hechos a la intención, caminar sin necesidad de apartar la mirada, conservar la paz de quien no ha traicionado aquello que dijo, aunque nadie estuviera escuchando.
Recuerdo a un hombre mayor que, al cerrar un trato, no buscaba papeles ni contratos interminables, sino un apretón de manos que fijara en silencio lo que para él ya estaba escrito en su interior. Con los años comprendí que aquel gesto no era ingenuidad; era sabiduría, era la convicción de que todo acuerdo verdadero nace de la palabra y no del documento, del compromiso y no del trámite.
La vida distingue con nitidez los vínculos que nacen para sostenerse de aquellos que apenas sobreviven al primer viento. En esa distinción se revelan sin estridencias los valores de una persona, aquello que decide defender incluso cuando nadie lo ve, aquello que se niega a traicionar aunque nadie pueda culparle si lo hiciera
Hoy, en este domingo más y nunca uno menos, pienso que la palabra es quizá la forma más humana de medir la dignidad, porque obliga a uno a estar a la altura de sí mismo. La tranquilidad de quien se mantiene fiel a su palabra no es la tranquilidad del que vive sin problemas, sino la del que vive sin contradicciones. Es una calma que no hace ruido, pero sostiene.
Por eso escribo hoy, porque quiero dejar constancia de que lo que permanece no es el sello ni el papel, sino aquello que uno sostiene en silencio, cuando la puerta se cierra y la conciencia se queda a solas consigo misma. Allí, en ese lugar donde nadie mira, es donde realmente se cumple la palabra, donde se demuestra si uno juega con ella o vive según ella.
Y en ese espacio íntimo, donde la vida se mide sin adornos, es donde adquiere sentido esta reflexión que nace sin prisa y sin ruido, solo con la voluntad de comprender un poco mejor por qué hay cosas que no deben perderse.