¿Los algoritmos cambian nuestra vida?

La digitalización del entretenimiento ha convertido la sociedad en un colectivo introvertido, solitario y sin herramientas racionales para poder decidir por nosotros mismos qué ver, cuándo y por qué mientras los algoritmos nos persuaden y anestesian nuestra lógica. El móvil es ahora nuestro cerebro. Así de simple.

Es en este instante donde reflexiono y me pregunto hasta cuándo y cuánto las personas seremos conocedoras de nuestros propios hábitos de consumo móvil. Hace veinte años nos parecía poco probable, e incluso lejano, poder absorber entretenimiento audiovisual en cualquier momento y lugar. Éramos pasivos, ahora también, salvo por la diferencia de que hoy en día somos seres activos a expensas de la tecnología por la que interactuamos pasiva, pero constantemente a través de nuestro móvil y bajo nuestra propia demanda.

Existe una situación muy curiosa que me llama la atención desde hace algún tiempo y no es otra que nuestra tendencia a actuar emocionalmente y automáticamente sin aplicar un ápice de lógica. Ya no somos seres racionales, o no lo aparentamos. Hemos delegado la responsabilidad de nuestro entretenimiento y ocio a los algoritmos, pero hemos relegado nuestro raciocinio a situaciones urgentes y abruptas – y a veces ni somos capaces de actuar ante esas circunstancias. Los algoritmos actúan “racionalmente” mientras apelan a las emociones del internauta. El límite, ante esta postura, lo tenemos que poner nosotros, los humanos, las personas.

Asimismo, el entretenimiento móvil se ha convertido en nuestra principal fuente de esfuerzo por conocer aquello que nos llena, lo que nos aporta y lo que nos hace sentir bien. En definitiva, lo que nos comprenda. Nuestra zona de confort depende de la responsabilidad que adoptemos de cara a decidir por nosotros mismos aquello que queremos consumir.

No obstante, el móvil, en este aspecto, es nuestro mejor aliado y a la vez el peor enemigo. Desde él, podemos ver el telediario, películas, series, escuchar música con o sin conexión a Internet y compartir momentos en directo a través de las redes sociales, entre infinidad de opciones. Todo ello bajo nuestras directrices. Nosotros mandamos… O no.

UNA CORRIENTE EN ALZA

El entretenimiento sigue una tendencia in crescendo. Cada día somos menos independientes en nuestras decisiones y el cerebro está dejando de funcionar como debiera. Nuestras capacidades son mermadas por la ausencia de un juicio crítico e independiente de la sociedad que evita que seamos conscientes de nuestros hábitos de consumo. Este hecho nos lleva a plantear una cuestión fundamental en este semblante: ¿cómo aprendemos a ser conscientes y aplicar la razón de la manera más legítima?

¿No os da la sensación de que, en el fondo, nos conviene que decidan por nosotros porque nos quita trabajo? ¿Nos da pereza pensar? ¿Somos vagos?

Todas estas preguntas permiten que me cuestione si estamos yendo hacia la dirección correcta. Las rutinas de consumo son precisamente eso, rutinas, y estas normalmente se vuelven aburridas, monótonas y predecibles. Es en este punto donde entran en juego la persuasión y la manipulación de nuestras conductas sobre el uso de los dispositivos electrónicos. ¿Dónde se encuentra la delgada línea que separa estos dos términos y cómo podemos identificarlos?

Nuestros móviles otorgan la capacidad – que nosotros mismos les hemos dado – de satisfacer nuestras necesidades más inmediatas. Nuestro afán por socializar, por hacernos escuchar, por compartir, por disfrutar es, en definitiva, un comodín permanente que nos recuerda que estamos interconectados y debemos responder como si fuera una necesidad aparentemente imperativa para, en realidad, satisfacer con la mirada puesta en una pantalla OLED las necesidades que el móvil nos dicte y quizá no las que nosotros queramos.

Todo ser humano es un puzle de necesidades. Solo hace falta saber qué pieza falta, y el móvil nos lo dará todo. Pero, ¡ojo! La cosa cambia cuando nosotros somos la pieza y el móvil el puzle porque, ahora, también es nuestro cerebro.

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