Una estudiante ante dos caminos, uno dominado por pantallas y otro abierto hacia los libros y el conocimiento

Lo que más me preocupa

Hace unos días entré en un supermercado buscando algo bastante sencillo. Recorrí uno de los pasillos, encontré el producto y apenas tuve que comparar. Había pocas opciones, todas parecían razonables y en unos segundos había terminado.

Probablemente acerté.

Poco después volví a encontrarme con una reflexión de Juan Roig sobre la forma de elegir en Mercadona. Al cliente se le ofrece la oportunidad de acertar y no la posibilidad de elegir.

Comprendí perfectamente lo que quería decir. Una empresa selecciona previamente los productos, elimina referencias, reduce la complejidad y facilita la compra. Alguien ha comparado antes para que el cliente no tenga que hacerlo cada vez que se encuentra delante de una estantería.

Sin embargo, la frase siguió acompañándome después de abandonar el supermercado.

Acertar y elegir no son lo mismo.

Se puede acertar siguiendo un camino preparado por otra persona. Elegir exige conocer las alternativas, comprender sus consecuencias y aceptar la posibilidad de equivocarse. Para acertar puede bastar con confiar. Para elegir hacen falta conocimiento, criterio y libertad.

Quizá por eso recordé aquella escena cuando conocí los últimos resultados del informe PISA.

A partir de ahí, el supermercado dejó de ser únicamente un supermercado y aquella frase comenzó a explicar algo mucho más profundo sobre la sociedad en la que vivimos.

España acaba de obtener algunos de los peores resultados educativos de su historia. Frente a 2022, sus alumnos han perdido 23 puntos en comprensión lectora, 16 en matemáticas y 8 en ciencias. El país vuelve a situarse por debajo de la media de la OCDE en las tres competencias principales.

Durante unos días se hablará del Covid, de las familias, de los profesores, de las pantallas, de la inteligencia artificial y de las sucesivas leyes educativas. Cada posición política encontrará en las cifras una confirmación de lo que ya pensaba. Después llegará otra noticia y la educación regresará al lugar secundario en el que lleva demasiado tiempo instalada.

Ese desplazamiento es más grave que cualquier puntuación.

PISA comenzó a principios de este siglo con una intención bastante razonable. No trataba únicamente de averiguar cuántas fechas, fórmulas o definiciones podían recordar los alumnos. Pretendía conocer si, a los quince años, eran capaces de utilizar lo aprendido para comprender un texto, interpretar una situación, resolver un problema y desenvolverse en la vida.

España participó por primera vez en el año 2000 y obtuvo 493 puntos en comprensión lectora. Después llegaron los altibajos. En 2006 cayó hasta los 461 puntos. En 2015 alcanzó los 496. En matemáticas permaneció durante años alrededor de los 480 puntos y en ciencias llegó a los 496 en 2012.

Nunca estuvimos entre los mejores sistemas educativos del mundo, pero tampoco parecía inevitable que tuviéramos que retroceder.

En 2022 España obtuvo 473 puntos en matemáticas, 474 en lectura y 485 en ciencias. Los resultados ya eran inferiores a los de 2015 en las tres materias. La pandemia agravó el problema, pero no lo creó. El deterioro había comenzado antes de que las aulas cerraran.

PISA 2025 transforma aquella advertencia en una realidad mucho más difícil de ignorar.

Solo el 2 por ciento de los alumnos españoles alcanza los niveles más altos en lectura, frente al 6 por ciento de la OCDE. En matemáticas y ciencias únicamente llega a esos niveles el 4 por ciento. Aproximadamente uno de cada tres jóvenes no alcanza la competencia mínima en lectura y matemáticas.

Detrás de esos porcentajes hay algo mucho más importante que la capacidad para superar una prueba.

Hay jóvenes con dificultades para comprender un texto de cierta extensión, relacionar sus ideas, interpretar una información compleja o trasladar un conocimiento matemático elemental a una situación cotidiana.

Esos mismos jóvenes tendrán que comprender contratos, créditos, noticias, promesas electorales, condiciones laborales, mensajes comerciales y decisiones personales. Tendrán que hacerlo en un mundo que no siempre tendrá interés en explicarles toda la verdad.

El problema educativo termina convirtiéndose así en un problema democrático.

Una democracia no depende únicamente de que sus ciudadanos puedan votar. También necesita que comprendan aquello sobre lo que están decidiendo. La libertad de elegir pierde buena parte de su sentido cuando falta el conocimiento necesario para distinguir entre las alternativas.

Durante las últimas décadas las aulas han cambiado de aspecto. Los ordenadores, las tabletas y las plataformas digitales llegaron acompañados por una promesa de modernización. Una promesa sobre la que ya surgía una pregunta incómoda en ¿Ha fracasado la digitalización de las aulas?

Pero disponer de información nunca fue lo mismo que adquirir conocimiento.

Un dispositivo puede facilitar el acceso a una biblioteca entera y al mismo tiempo hacer más difícil permanecer durante veinte minutos dentro de un solo texto. Puede mostrar una explicación magnífica y permitir que sea olvidada unos segundos después. Puede ampliar las posibilidades de un profesor o convertirse en una fuente constante de interrupciones. Una tensión que también aparece cuando se plantea si necesitamos un toque de queda digital.

Los estudiantes españoles utilizan dispositivos digitales en el colegio durante una media de 1,4 horas diarias para aprender y otras 0,7 horas para actividades ajenas al aprendizaje. El 29 por ciento afirma que sus compañeros se distraen frecuentemente con esos dispositivos durante las clases de ciencias. En ese entorno de distracción el rendimiento medio es 16 puntos inferior.

La tecnología no provoca por sí sola el deterioro educativo. Tampoco puede corregirlo por sí sola.

En una escuela que enseña a pensar puede abrir posibilidades extraordinarias. En una escuela que ha renunciado a la atención, al esfuerzo y a la profundidad puede acelerar esa renuncia.

No se transforma la educación colocando una pantalla delante de cada alumno. La transformación comienza cuando se comprende qué necesita aprender, por qué debe aprenderlo y qué clase de persona se espera que llegue a ser.

Durante mucho tiempo se ha presentado cualquier incorporación tecnológica como una mejora inevitable. Se compraron dispositivos, se instalaron plataformas y se digitalizaron materiales. En demasiadas ocasiones se midió el número de ordenadores y no la calidad del pensamiento que se estaba construyendo alrededor de ellos.

Un colegio puede estar completamente digitalizado y no enseñar a sus alumnos a comprender el mundo digital.

Puede tener una tableta en cada pupitre y seguir sin conseguir que un niño lea, pregunte, dude o permanezca concentrado.

Ahora hemos añadido la inteligencia artificial.

El 54 por ciento de los estudiantes españoles declara utilizarla para estudiar al menos una vez por semana. Un 40 por ciento la emplea para resumir textos que debía leer y un 33 por ciento para redactar trabajos.

Una respuesta puede ser impecable y no haber dejado ningún aprendizaje detrás.

Leer no sirve solamente para descubrir lo que dice un texto. Durante la lectura se aprende a mantener la atención, atravesar la dificultad, relacionar ideas y detectar contradicciones. Escribir tampoco consiste únicamente en producir una sucesión correcta de palabras. Obliga a ordenar el pensamiento, reconocer aquello que todavía no se entiende y encontrar una forma propia de expresarlo.

Cuando una herramienta realiza todo ese recorrido, el resultado puede mejorar al mismo tiempo que la persona se debilita.

La paradoja de esta época consiste en que las máquinas ofrecen respuestas cada vez más sofisticadas mientras una parte de la sociedad pierde la capacidad necesaria para juzgarlas. No es una preocupación nueva. Hace tiempo que resulta necesario preguntarse si la tecnología está debilitando nuestro pensamiento crítico.

No basta con saber utilizar una herramienta. También hay que comprender qué hace, qué omite, quién la ha diseñado y qué intereses pueden existir detrás de su funcionamiento.

La educación debería proporcionar esa distancia crítica. Sin embargo, lleva décadas sometida a una sucesión de reformas que han convertido la escuela en otro territorio de disputa partidista.

Cada Gobierno ha querido corregir al anterior. Han cambiado los nombres de las asignaturas, los contenidos, los criterios de evaluación y las condiciones para pasar de curso. La educación ha servido demasiadas veces para proyectar una determinada visión de la sociedad en lugar de construir un espacio común desde el que las distintas visiones pudieran ser comprendidas y discutidas.

Mientras se discutía sobre cada nueva ley, algunas cuestiones mucho más sencillas fueron desapareciendo de la conversación.

La lectura sostenida. La memoria. El esfuerzo. La exigencia. La curiosidad. El respeto al profesor. La capacidad de escuchar. El valor de hacer algo difícil aunque no proporcione una recompensa inmediata.

Toda educación transmite valores. Resultaría absurdo pretender lo contrario. La libertad, la dignidad, la igualdad, la convivencia y el respeto también deben aprenderse.

El problema comienza cuando las herramientas del pensamiento son sustituidas por conclusiones que no admiten discusión. Cuando se ofrece una única interpretación antes de proporcionar los conocimientos necesarios para cuestionarla. Cuando la discrepancia deja de entenderse como una consecuencia posible del aprendizaje y comienza a tratarse como un error que debe corregirse.

El adoctrinamiento no consiste únicamente en obligar a repetir una idea. También aparece cuando se impide conocer todo aquello que permitiría discutirla.

Una educación libre no enseña a los jóvenes lo que tienen que pensar. Les proporciona historia, ciencia, lenguaje, matemáticas, filosofía y cultura para que puedan pensar por sí mismos.

Incluso cuando lleguen a conclusiones que incomoden a quienes los educaron.

Mientras la escuela se debilitaba como lugar de formación del criterio, otras estructuras aprendieron a decidir con enorme precisión qué debía ocupar la atención de cada persona.

Las plataformas seleccionan las noticias. Los algoritmos ordenan las conversaciones. Los buscadores colocan unas respuestas por delante de otras. Las redes sociales muestran una realidad diferente a cada usuario. Los partidos entregan interpretaciones completas antes de que los hechos hayan podido ser examinados. La inteligencia artificial puede leer, resumir, comparar y responder.

Cada intermediario promete reducir la complejidad.

Todo resulta más rápido, más cómodo y aparentemente más sencillo.

El resultado es una sociedad con más información que nunca y una dependencia creciente de quienes la seleccionan. Quizá por eso continúa vigente la pregunta sobre si la tecnología nos ha hecho perder el norte.

No es necesario ocultar todas las alternativas para dirigir a una persona. Basta con conocerla lo suficiente como para colocar una de ellas delante de sus ojos en el momento adecuado. La decisión seguirá pareciendo suya.

El rebaño contemporáneo no necesita una cerca visible.

Puede desplazarse libremente mientras todos sus miembros avanzan en la dirección que otros han convertido en más cómoda, más atractiva o más urgente.

Por eso una sociedad con un nivel educativo más bajo no es únicamente una sociedad menos preparada para competir. También es una sociedad más vulnerable frente a la propaganda, la manipulación, la simplificación y el miedo.

Puede conservar todos sus derechos y perder poco a poco la capacidad real de ejercerlos.

Quien no comprende bien lo que lee dependerá de quien se lo resuma.

Quien no sabe relacionar causas y consecuencias dependerá de quien se las interprete.

Quien desconoce la historia será más vulnerable ante quien decida contarle una versión conveniente.

Quien no ha aprendido a convivir con la duda buscará respuestas absolutas.

Y quien no posee criterio podrá acertar muchas veces, siempre que alguien haya elegido antes por él.

Tal vez el fracaso educativo más profundo no consista en responder incorrectamente a una prueba. Tal vez comience cuando una persona deja de sentir que necesita comprender porque siempre encontrará una pantalla, una organización o una voz dispuesta a ofrecerle la respuesta.

La educación ha sido relegada precisamente en el momento histórico en el que más necesaria resultaba. Nunca hubo tantas herramientas, tantos mensajes, tantas opciones y tantas fuerzas compitiendo por dirigir la atención.

Nunca fue tan fácil acertar.

Y quizá nunca estuvo tan amenazada la capacidad de elegir.

Después de darle muchas vueltas, lo que más me preocupa no es que España haya perdido unos puntos en una clasificación internacional.

Me preocupa que hayamos ido vaciando la educación de conocimiento, esfuerzo y pensamiento mientras construíamos un mundo en el que casi todo depende de nuestra capacidad para comprender, distinguir y decidir.

Me preocupa que nuestros hijos puedan aprender a utilizar cualquier herramienta sin llegar a preguntarse quién la creó, qué pretende conseguir y qué parte de ellos mismos están dejando en sus manos.

Me preocupa que reciban todas las respuestas antes de haber aprendido a construir sus propias preguntas.

Y me preocupa que terminen confundiendo la comodidad de acertar con la libertad de elegir.

Educar no consiste en preparar a una persona para encontrar la respuesta que otros han considerado correcta. Consiste en proporcionarle el conocimiento, la fortaleza y el criterio necesarios para que nadie pueda decidir siempre en su lugar.

Porque cuando una sociedad deja de enseñar a pensar no elimina la elección.

Simplemente permite que otros la hagan antes.

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