Cuando el futuro llega antes de que podamos comprenderlo
He dedicado buena parte de mi vida profesional a intentar comprender los cambios antes de que se convirtieran en algo cotidiano.
A finales de los noventa, Internet todavía necesitaba ser explicado. Había que acompañar a las personas, ayudarlas a entender para qué podía servir y conseguir que una promesa difícil de imaginar terminara funcionando realmente en su casa o en su empresa.
Aquello me enseñó que una tecnología no llega el día en que alguien la presenta.
Llega poco a poco. Primero aparece en las conversaciones de unos pocos. Después se convierte en una posibilidad. Más tarde encuentra un lugar en nuestra vida y, cuando dejamos de preguntarnos cómo funciona, ya ha cambiado nuestra manera de trabajar, comprar, relacionarnos o decidir.
Quizá por eso me han llamado tanto la atención tres palabras pronunciadas por Jensen Huang.
«AGI has arrived.»
La inteligencia artificial general ha llegado.
Tres palabras para dar por comenzada una época que todavía no sabemos definir con exactitud.
Conozco bien la historia que existe detrás del fundador de NVIDIA. Mientras escribía mi último libro, Después del silencio, recorrí su infancia, su llegada a Estados Unidos, los años difíciles y el camino que terminó conduciendo hasta una servilleta en un restaurante donde comenzó a dibujarse NVIDIA.
Nada de cuanto vemos ahora apareció de repente.
Detrás existen décadas de trabajo, decisiones que pudieron salir mal y una capacidad extraordinaria para observar hacia dónde se dirigía la computación cuando todavía no resultaba evidente para los demás.
Por eso sus palabras importan.
También importa que procedan de quien dirige la compañía que proporciona buena parte de la infraestructura necesaria para construir ese futuro. Huang puede estar contemplando antes que otros algo que acabará siendo evidente. Al mismo tiempo, cada nueva necesidad de capacidad de cálculo aumenta la importancia de NVIDIA.
No creo que una cosa invalide la otra. Ambas merecen permanecer dentro de la misma conversación.
He vivido suficientes transformaciones para reconocer lo que ocurre cuando alguien anuncia que el futuro ya ha llegado.
La primera reacción no suele ser comprenderlo. Es intentar no quedarse atrás.
Comienzan las reuniones. Aparecen nuevos presupuestos. Cambian las prioridades. Las empresas sienten que necesitan una estrategia incluso antes de saber qué problema quieren resolver. Los profesionales empiezan a preguntarse si cuanto han aprendido seguirá teniendo valor. Los estudiantes miran sus estudios con la sospecha de estar preparándose para un mundo que puede desaparecer antes de que lleguen a él.
No es necesario que una predicción sea completamente cierta para que produzca consecuencias verdaderas.
Durante muchos años he intentado anticiparme a los cambios porque llegar tarde podía significar perder una oportunidad importante. Continúo creyendo que una empresa debe observar, aprender y moverse antes de que la realidad la obligue.
Sin embargo, anticiparse no consiste en correr detrás de cada anuncio.
A veces comprender exige avanzar. Otras veces exige resistir un poco más la presión de tener una respuesta.
La expresión inteligencia artificial general pretende señalar el momento en que una máquina alcanza una capacidad amplia y comparable, de alguna manera, con la inteligencia humana. El problema aparece al intentar precisar qué entendemos por inteligencia, qué capacidades estamos comparando y qué significa realmente comprender.
Todavía no compartimos una respuesta y ya estamos anunciando que hemos cruzado la frontera.
Tal vez esto diga tanto sobre nosotros como sobre las máquinas.
Necesitamos poner nombre a lo que llega. Necesitamos fechas, hitos y una línea que separe el mundo anterior del siguiente. Nos tranquiliza pensar que existe un momento preciso en el que todo cambia, aunque la vida casi nunca funcione así.
Internet no llegó una mañana. Tampoco lo hicieron el teléfono móvil, el comercio electrónico o las redes sociales. Fueron entrando en nuestras costumbres hasta que un día resultó difícil recordar cómo vivíamos antes de ellas.
Puede que con la inteligencia artificial esté ocurriendo algo parecido, aunque a una velocidad mucho mayor.
Su presencia ya modifica decisiones, profesiones y formas de aprender. Quizá no necesitemos resolver si merece llamarse inteligencia general para reconocer que algo profundo está sucediendo. Pero aceptar la importancia de un cambio no debería obligarnos a aceptar todas las palabras utilizadas para describirlo.
Las palabras también construyen mercados. Atraen inversión, despiertan miedo, concentran poder y convierten una posibilidad en una obligación.
Cuando alguien con la influencia de Jensen Huang afirma que la inteligencia artificial general ha llegado, no sólo está describiendo lo que ve. Está interviniendo en la manera en que los demás vamos a mirar el futuro.
Ahí comienza para mí la pregunta verdaderamente importante.
Quién decide que una nueva época ha comenzado. Qué conocimientos, intereses y esperanzas acompañan esa decisión. Cuánto cambia nuestra conducta por las capacidades reales de una tecnología y cuánto cambia porque tememos ser los últimos en reconocerlas.
No tengo una respuesta cerrada.
Sé que estamos ante una transformación extraordinaria. También sé que su importancia merece algo más que entusiasmo o miedo. Merece tiempo para comprender qué estamos construyendo y qué parte de nosotros estamos dispuestos a reorganizar a su alrededor.
Jensen Huang puede tener razón. Puede que la inteligencia artificial general ya esté aquí y todavía no hayamos aprendido a reconocerla.
Aunque quizá el futuro haya comenzado a llegar de otra manera.
No cuando una máquina alcanzó una nueva capacidad, sino cuando nosotros empezamos a cambiar nuestra vida porque alguien nos dijo que ya lo había hecho.