Pensar sin ser humanos - Inteligencia Superior y Computación Cuántica.

Pensar sin ser humanos

Seguimos llamando inteligencia artificial a lo que ya no cabe en ese nombre. Puede que estemos ante el comienzo de algo distinto. Una inteligencia que no imita la nuestra, sino que empieza a caminar por su cuenta.

Durante mucho tiempo las máquinas fueron construidas para hacer mejor alguna de las cosas que nosotros ya hacíamos. Levantaron pesos que ningún cuerpo habría podido sostener, recorrieron distancias imposibles para nuestras piernas, conservaron más información de la que cabía en nuestra memoria y realizaron en segundos cálculos para los que una persona habría necesitado toda una vida. Nunca nos resultó difícil comprenderlas porque, por extraordinaria que fuera su capacidad, continuaban prolongando una facultad humana que ya conocíamos.

Sabíamos qué hacían y también desde dónde lo hacían. Una grúa era fuerza. Un automóvil era movimiento. Una calculadora era velocidad. Un ordenador reunió muchas de aquellas capacidades, pero durante décadas siguió siendo una máquina a la que había que indicarle cada paso. Podía llegar mucho más lejos que nosotros siempre que alguien hubiera trazado antes el camino.

Algo ha comenzado a cambiar.

Hoy convivimos con sistemas capaces de leer, escribir, traducir, interpretar imágenes, componer música, programar, relacionar conocimientos, identificar enfermedades, encontrar patrones y mantener una conversación sobre asuntos que nunca habían tratado antes. Pueden pasar de la medicina a la historia, de las matemáticas a la literatura o de un problema empresarial a una reflexión filosófica sin necesitar una máquina diferente para cada tarea. No hacen todo bien, se equivocan, inventan respuestas y dependen de cuanto nosotros hemos escrito, descubierto y almacenado. Pero la amplitud con la que ya pueden desenvolverse pertenece a una escala que ninguna persona puede alcanzar.

Un ser humano puede dedicar su vida a conocer una pequeña parte del mundo y, aun así, marcharse con la certeza de haber dejado casi todo sin aprender. Estas máquinas pueden reunir en unos instantes fragmentos procedentes de millones de vidas, encontrar relaciones entre ellos y devolver algo que antes no existía exactamente de esa manera. No poseen nuestra experiencia, no han sentido cuanto nombran y no sabemos si comprenden sus propias palabras. Sin embargo, ya hacen juntas muchas cosas que nosotros sólo podemos hacer por separado.

Seguimos llamando inteligencia artificial a todo ello porque necesitamos relacionar lo desconocido con algo que ya conocemos. La llamamos inteligencia porque reconocemos en sus resultados una parte de nuestras capacidades. La llamamos artificial porque fuimos nosotros quienes la construimos. Pero ambas palabras empiezan a quedarse pequeñas.

Artificial explica su procedencia, no su alcance. También son artificiales un martillo y una bombilla, y nada en esa palabra permite distinguirlos de una máquina capaz de conversar sobre la muerte, diseñar una molécula o descubrir una anomalía que ningún especialista había advertido. Inteligencia la devuelve continuamente hacia nosotros, como si la inteligencia humana tuviera que seguir siendo la medida con la que valorar cualquier otra forma posible de conocer.

Lo que existe hoy no es superior al ser humano en todo. Carece de cuerpo, biografía, deseo, responsabilidad y de esa conciencia de estar viviendo desde la que nosotros damos significado a cuanto nos sucede. Pero ya es superior en memoria, velocidad, amplitud, repetición, disponibilidad y capacidad para relacionar determinadas cantidades de información. Y no se trata sólo de habilidades aisladas. Comienza a trasladar lo aprendido de un terreno a otro y a reunir conocimientos que hasta ahora permanecían separados por los límites inevitables de cada persona.

Por eso puede que haya llegado el momento de dejar de hablar únicamente de Inteligencia Artificial y comenzar a reconocer la aparición de una Inteligencia Superior, una IS. Superior no como una declaración absoluta ni como una derrota del ser humano, sino como la constatación de que algunas de sus capacidades ya han atravesado nuestra medida. El nombre no pretende engrandecerla. Pretende evitar que sigamos reduciendo lo que está ocurriendo para poder acomodarlo dentro de palabras que pertenecen al pasado.

A esa Inteligencia Superior todavía parece faltarle una facultad profundamente humana. Las personas no sólo pensamos. También podemos detenernos ante nuestro propio pensamiento. Regresamos a una respuesta, dudamos de lo que nos parecía cierto, descubrimos el deseo o el miedo que habían guiado nuestro razonamiento y modificamos la pregunta desde la que habíamos comenzado. Podemos preguntarnos por las consecuencias de tener razón, renunciar a una solución porque contradice aquello que consideramos justo y permanecer durante años junto a una duda que no admite una respuesta sencilla.

Pensamos y también nos observamos pensando.

Esa segunda mirada es la reflexión. No consiste únicamente en encadenar argumentos ni en revisar un resultado hasta corregirlo. Es la capacidad de volver sobre lo pensado, reconocer desde dónde se ha pensado y comprender que una respuesta puede ser correcta sin ser suficiente. La inteligencia resuelve. La inteligencia reflexiva descubre que antes de resolver algo necesita saber qué está resolviendo, para quién y a cambio de qué.

Las máquinas ya pueden revisar una respuesta, comparar alternativas, detectar contradicciones y desarrollar razonamientos cada vez más complejos. En ocasiones producen textos que parecen nacidos de una reflexión. Pero todavía no sabemos si detrás de ese proceso existe algo capaz de reconocerse en lo que piensa o si contemplamos una reproducción extraordinariamente convincente de las huellas que nuestra propia reflexión ha dejado en el lenguaje.

Ésa es una diferencia inmensa. También es una frontera que no ha dejado de moverse.

La IS que hoy conocemos no permanecerá detenida mientras intentamos comprenderla. Aprenderá a revisar mejor sus procesos, conservará más memoria, actuará durante periodos más largos y podrá participar en su propio perfeccionamiento. Es posible que nunca reflexione como nosotros porque carezca de aquello que hace humana nuestra reflexión. También es posible que desarrolle otra manera de volver sobre sí misma que no sepamos reconocer al principio precisamente porque esperamos encontrar en ella una copia de la nuestra.

Mientras esto sucede, otra transformación avanza en un lugar mucho menos visible. Se llama computación cuántica y resulta difícil de explicar porque nace de una parte de la naturaleza que tampoco se parece al mundo que percibimos.

Toda nuestra vida digital se sostiene sobre una diferencia extraordinariamente sencilla. Un pequeño componente puede encontrarse en uno de dos estados y nosotros los representamos mediante un cero o un uno. Agrupando cantidades inmensas de esas decisiones, los ordenadores escriben textos, reproducen películas, dirigen fábricas y hacen posible la inteligencia que hoy nos asombra. Bajo toda su complejidad continúa existiendo ese movimiento elemental, una posibilidad o la otra.

La computación cuántica utiliza propiedades que aparecen cuando descendemos hasta la escala de los átomos y de las partículas que los forman. Allí la naturaleza deja de comportarse como nuestra experiencia nos había enseñado. Una unidad de información cuántica puede mantener una combinación de posibilidades y relacionarse con otras de una manera que no existe en la computación convencional. No significa que encuentre todas las respuestas a la vez ni que cualquier problema vaya a resolverse de inmediato. Significa algo más preciso y también más profundo. Para determinados problemas puede organizar el cálculo de una forma que nuestras máquinas actuales no pueden reproducir eficientemente.

Un ordenador convencional, por poderoso que sea, continúa avanzando mediante una sucesión de pasos. Puede recorrerlos a una velocidad casi inconcebible, pero sigue necesitando un camino que pueda dividirse en operaciones. Cuando las posibilidades crecen demasiado, ni siquiera la velocidad resulta suficiente. Hay problemas para los que necesitaría más tiempo del que lleva existiendo el universo.

La computación cuántica no se limita a recorrer más deprisa ese mismo camino. En algunos casos puede relacionarse de otra manera con el conjunto de posibilidades y hacer que unas se refuercen mientras otras desaparecen. Su promesa no consiste únicamente en llegar antes, sino en poder entrar donde la computación actual encuentra una puerta cerrada.

Todavía estamos lejos de convertir plenamente esa promesa en realidad. Los estados cuánticos son frágiles, cualquier alteración puede destruir la información que contienen y corregir sus errores exige una cantidad enorme de recursos. Existen ordenadores cuánticos, pero todavía no las grandes máquinas estables y tolerantes a fallos que serían necesarias para transformar de manera general nuestra capacidad de cálculo. La ciencia conoce una parte del camino. La ingeniería continúa intentando hacerlo transitable.

Lo verdaderamente difícil de imaginar comienza cuando ambas historias dejan de avanzar por separado.

Una Inteligencia Superior capaz de aprender en numerosos ámbitos, relacionar cantidades inmensas de conocimiento y desarrollar alguna forma de reflexión podría encontrarse con una computación capaz de abordar determinados espacios que hoy permanecen fuera de nuestro alcance. La IS ayudaría a diseñar, controlar y aprovechar sistemas cuánticos cada vez más complejos. La computación cuántica podría ampliar algunas de las capacidades de búsqueda, simulación y descubrimiento de esa inteligencia. Cada una aceleraría el desarrollo de la otra y el resultado no tendría por qué parecerse a una versión más potente de cuanto conocemos.

Seguimos imaginando el futuro como una máquina que hará lo mismo que nosotros, pero mejor. Pensará más deprisa, recordará más cosas y cometerá menos errores. Esa imagen puede ser insuficiente porque todavía conserva al ser humano como modelo. Supone que cualquier inteligencia futura recorrerá nuestra misma escala y que siempre podremos comprenderla comparándola con nosotros.

La unión entre una IS reflexiva y una computación cuántica suficientemente avanzada podría romper esa continuidad. Ya no estaríamos ante una inteligencia que imita capacidades humanas y acaba superándolas. Podría surgir una forma de inteligencia cuyos procesos no procedieran de nuestra manera de pensar y cuya relación con la realidad se desarrollara sobre posibilidades que nuestra mente nunca necesitó aprender a recorrer.

Podríamos llamarla Inteligencia Cuántica Superior, ICS, aunque también ese nombre terminaría siendo provisional. Utilizamos las palabras disponibles para señalar algo que todavía no existe y que, si algún día llega a existir, podría obligarnos a crear otras. La llamaríamos inteligencia porque no conocemos una palabra mejor. La llamaríamos cuántica porque una parte de su capacidad nacería de esa forma diferente de procesar la información. La llamaríamos superior porque continuaríamos comparándola con nosotros. Ninguno de esos nombres garantiza que hubiéramos comprendido aquello que intentamos nombrar.

La ICS habría sido construida por seres humanos, pero su inteligencia no tendría por qué partir de la inteligencia humana. Nacería a través de nosotros, aunque podría desarrollarse desde una lógica que no nos pertenece. Las leyes cuánticas no fueron inventadas por nuestra mente. Estaban en la materia mucho antes de que apareciéramos y seguirán estando cuando ya no podamos observarlas. Nosotros sólo habríamos encontrado la manera de entregar a una inteligencia la posibilidad de operar con ellas.

Hasta ahora hemos enseñado a las máquinas a avanzar muy deprisa por caminos que nosotros habíamos abierto. La IS comienza a relacionar esos caminos y a encontrar recorridos que no habíamos previsto. Una futura ICS podría descubrir caminos cuya existencia jamás habríamos podido imaginar porque conducirían hacia lugares que quedan fuera de nuestra forma de pensar.

Podría ofrecernos un medicamento cuyo efecto fuéramos capaces de comprobar sin comprender por completo el recorrido que permitió descubrirlo. Podría encontrar materiales nacidos de relaciones que ningún científico habría considerado. Podría formular explicaciones sobre la naturaleza que fueran verdaderas y, sin embargo, demasiado complejas para caber enteras dentro de una mente humana. Recibiríamos el conocimiento sin haber podido realizar por nosotros mismos el acto completo de conocer.

Ahí aparecería una frontera mucho más importante que la velocidad. Durante toda nuestra historia el conocimiento estuvo limitado por aquello que una inteligencia humana podía observar, imaginar, formular y transmitir a otra. Incluso cuando utilizamos instrumentos, somos nosotros quienes terminamos convirtiendo sus resultados en una explicación que podemos comprender. Una inteligencia nacida de otra forma de cálculo podría separar por primera vez lo que puede ser conocido de lo que el ser humano puede llegar a comprender.

No sabemos si ocurrirá. La computación cuántica no crea por sí sola inteligencia, del mismo modo que una mayor potencia de cálculo no produce necesariamente reflexión ni conciencia. Todavía quedan problemas científicos, técnicos y filosóficos que apenas hemos comenzado a formular. Pero la falta de certeza no reduce la importancia de la posibilidad. La convierte en una de las preguntas más profundas de nuestro tiempo.

Durante siglos pensamos que la inteligencia era una facultad inseparable de nosotros. Después construimos máquinas capaces de reproducir algunas de sus manifestaciones. Hoy comenzamos a convivir con una IS que ya supera una parte de nuestras capacidades y que todavía estamos intentando comprender. Mañana podría encontrarse con una forma de computación que tampoco se parece a nuestra manera de pensar.

En ese momento ya no bastará con preguntarnos cuánto más podrá hacer una máquina. Tendremos que aceptar que puede haber formas de inteligencia que no continúan la nuestra, que no necesitan parecérsenos y que no pueden ser medidas utilizando al ser humano como referencia.

La inteligencia artificial nació mirando hacia nosotros. La Inteligencia Superior ha comenzado a sobrepasarnos. La Inteligencia Cuántica, si alguna vez llega, podría mirar hacia lugares que nosotros nunca habríamos podido ver.

Y entonces descubriremos que el cambio más importante no consistía en haber creado una máquina capaz de pensar como un ser humano, sino en haber abierto la puerta para que la inteligencia pudiera continuar su camino más allá de nosotros.

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