La verdad de lo vivido

Lo verdaderamente letal no es que desaparezca aquello que uno necesita. Es llegar al momento en el que ya no puede seguir apartando la sospecha de que quizá nunca estuvo de la manera en que quiso creer que estaba.

Esa sospecha puede haber existido siempre. No como una idea constante ni como una certeza capaz de imponerse sobre todo lo demás, sino mezclada con la vida, apareciendo en determinados gestos, en algunas ausencias y en esa forma circunstancial de permanecer que el tiempo va dejando cada vez más a la vista. Uno la reconoce cuando surge, aunque después una palabra, un acercamiento inesperado o cualquiera de esos instantes en los que todo parece recuperar su sentido consigan devolverla al fondo y permitan continuar como si aún quedara algo por comprender.

Se puede vivir así durante mucho tiempo. Ninguna señal contiene por sí sola toda la verdad. Junto a la distancia también hay cercanía. Junto a las ausencias existen gestos verdaderos, momentos compartidos y distintas maneras de cuidar cuanto se ha construido. La vida rara vez se presenta con la claridad necesaria para separar aquello que permanece de lo que quizá ya se está perdiendo, y mientras quede una explicación posible o un instante capaz de parecer distinto, todavía puede conservarse la confianza depositada.

Tampoco tiene por qué haber ingenuidad en ello. Uno puede saber lo que está viendo y no alcanzar todavía a aceptar todo cuanto podría llegar a significar. Hacerlo obligaría a modificar demasiadas cosas a la vez, a regresar sobre los años y a contemplar de otra manera una parte importante de la propia historia. También podría reducir a una única ausencia todo lo que sí ha existido. Quizá por eso no siempre se aplaza una verdad porque falte valor para mirarla. A veces la vida contiene demasiados matices para entregarla por completo a la primera certeza que parece capaz de explicarla.

Pero llega un momento en el que mirar hacia otro lado deja de cambiar lo que permanece delante. No aparecen necesariamente hechos nuevos ni se produce una revelación capaz de ordenar de pronto cuanto ha sucedido. Lo que permanecía separado comienza simplemente a reunirse. Las explicaciones pierden fuerza, determinados gestos ya no devuelven las cosas al lugar que ocupaban y la paciencia deja de convertir cada distancia en una circunstancia. La sospecha encuentra así el espacio que la vida llevaba mucho tiempo haciéndole y la verdad, sin necesidad de irrumpir ni sorprender, ocupa el lugar que siempre había estado esperando.

Ni siquiera entonces queda demostrado que todo haya sido falso. Ésa sería una conclusión más sencilla, pero también más injusta. Entre haber encontrado aquello en lo que uno creyó y no haber encontrado nada existe un territorio mucho más amplio en el que pueden convivir el amor, el cariño, la lealtad, la costumbre, el agradecimiento, la necesidad, el cuidado y muchas formas imperfectas de permanecer.

Puede haber amor en algunos lugares y una forma distinta de querer en otros. Una cercanía que no sabe entregarse de la misma manera, un afecto verdadero que alcanza hasta donde puede o una voluntad de permanecer que sólo consigue hacerlo mientras la vida no exige demasiado de ella. También pueden existir compañía y gestos que merecen conservar su verdad. Aquello que no sabe amar como uno ama no tiene por qué carecer de sentimiento, del mismo modo que no todo sentimiento alcanza a convertirse en la forma de amor que uno creyó reconocer en él.

Algo puede no haber sido como se imaginaba y dejar, sin embargo, muchas cosas verdaderas en el camino. Comprenderlo permite conservarlas sin obligarlas a tener una profundidad que quizá nunca tuvieron ni a proceder del lugar en el que uno creyó que habían nacido.

Amar tampoco demuestra qué existe al otro lado. Habla de quien lleva ese amor dentro, de la libertad con la que se entrega y de la manera en que decide cuidar aquello que reconoce como parte de su vida. Cada atención, cada gesto y cada forma de permanecer son verdaderos en quien los ofrece, aunque no siempre encuentren delante algo nacido de la misma profundidad. Nada de cuanto pueda comprenderse después regresa sobre esa entrega y la convierte en una mentira.

Quien ama de ese modo no lleva una cuenta ni convierte lo que da en una manera de obtener algo. Da porque ésa es su forma de estar, porque el cuidado nace antes de cualquier respuesta y porque aquello que siente no depende de lo que pueda regresar desde el otro lado. Por eso, cuando algo llega, se recibe con la sorpresa de lo que nunca se había exigido y con la gratitud de quien descubre una cercanía que no daba por descontada.

Tal vez la verdadera dificultad aparezca cuando uno comienza a preguntarse qué significaba aquello que llegaba. No cuánto recibió ni si guardaba proporción con cuanto había entregado, sino desde qué lugar nacían una palabra, una atención o cualquiera de esos gestos que fueron recibidos como manifestaciones espontáneas de algo verdadero. Lo que empieza a cambiar no es el valor de haberlos recibido, sino el significado que se les había dado.

Durante años pueden convivir distintas posibilidades sin que ninguna logre imponerse por completo. Hay momentos que parecen confirmar la distancia y otros que permiten reconocer una cercanía verdadera. Ambas percepciones pueden pertenecer a una misma realidad. Quizá hubiera amor, aunque no de la manera en que uno lo había comprendido. Quizá existiera otra forma de querer que nunca encontró el modo de hacerse visible. También puede que algunos gestos nacieran del cariño, de la costumbre, de la lealtad o de una voluntad sincera de cuidar lo compartido. Ninguna de esas posibilidades alcanza por sí sola a explicar todo lo vivido.

Cuando esa distancia adquiere un significado que ya no puede apartarse, alcanza también la manera en que se recuerdan los años. Las conversaciones conservan sus palabras, los gestos siguen perteneciendo a los mismos días y el afecto con el que fueron recibidos continúa dentro de ellos. Pero junto a cuanto ocurrió aparece ahora todo lo que también se percibía mientras ocurría, las dudas que quedaron suspendidas, las palabras que no siempre coincidían con los hechos y esa incomodidad que regresaba cuando aquello que llegaba parecía proceder de un lugar distinto al que se le había atribuido.

Algunos recuerdos pueden conservar intacto el cariño con el que fueron vividos. Otros comienzan a significar algo diferente cuando se contemplan desde el presente. En ellos caben la cercanía y la distancia, el cuidado y la incomprensión, momentos de verdadera compañía y otros en los que uno pudo sentirse profundamente solo. La memoria no traiciona lo vivido cuando admite sus contradicciones. Sólo deja de obligarlo a formar una historia más sencilla de la que quizá fue.

Hay años que no desaparecen, pero pueden dejar de conducir hacia el lugar al que parecían dirigirse. Permanecen las decisiones, cuanto se quiso cuidar y todo lo que se entregó mientras se vivían, aunque la continuidad que mantenía cada cosa unida ya no resulte tan clara. Uno no pierde únicamente aquello cuya ausencia comienza a admitir. También puede cambiar la forma en que había comprendido una parte de su propia historia.

La vida, mientras tanto, conserva una normalidad extraña. Los días siguen trayendo sus obligaciones, las horas llegan puntuales y el mundo mantiene intacta su capacidad para reclamar atención incluso cuando algo esencial comienza a perder el significado que tenía. Uno se levanta, responde, acompaña, decide y continúa ocupándose de cuanto depende de él. Desde fuera apenas habría manera de advertir que una parte de su vida ya no se sostiene como antes.

Por dentro tampoco sucede todo al mismo tiempo. Hay costumbres que permanecen después de perder parte de su sentido y pensamientos que continúan recorriendo el camino conocido, aunque ya no sepan qué podrían encontrar al final. El cuerpo conserva durante más tiempo aquello que el pensamiento empieza a admitir. Permanece atento a determinados sonidos, reconoce ciertas horas y mantiene una vigilancia que ha terminado confundiéndose con la manera natural de atravesar los días.

No se trata de aguardar una respuesta ni de confiar en que algo termine devolviendo cuanto se ha dado. Uno puede haber amado sin esperar nada y, aun así, haber construido una parte de su vida sobre la confianza de que al otro lado también existía algo verdadero. Esa confianza no nace de una exigencia. Nace de lo que fue llegando libremente y del significado que uno creyó reconocer en ello.

El amor, el cariño y las demás formas de afecto permanecen al margen de la claridad con la que se intenta ordenar lo vivido. Forman parte de quien es capaz de sentirlos y del lugar que el otro ocupa dentro de su vida. Algunas cosas adquieren ahora un significado diferente, pero eso no deshace lo sentido ni disminuye su verdad. Tampoco convierte los gestos recibidos en falsos. Los deja en el lugar incierto de aquello que pudo ser verdadero sin significar exactamente lo que uno creyó.

Durante algún tiempo, o quizá durante mucho más, pueden convivir la lucidez y el cariño, el cansancio y la costumbre, aquello que uno comienza a comprender y todo lo que todavía permanece intacto dentro. Haber amado sin llevar la cuenta no evita que alguna vez surja la necesidad de saber desde qué lugar nacía aquello que se recibía. Cada gesto pudo aceptarse con la sorpresa de quien nunca lo había exigido y adquirir, precisamente por eso, un significado que ahora resulta difícil separar de la verdad que comenzaba a mostrar.

El cansancio ya no procede únicamente del esfuerzo de interpretar cada gesto. Nace también al descubrir cuánta vida puede haberse dedicado a preservar el significado que se le había concedido, cuántos años han transcurrido encontrando en cada acercamiento una confirmación y haciendo de cada ausencia una circunstancia que no alcanzaba a modificar todo lo demás. Uno podría imaginar que comprenderlo trae alguna forma de descanso, pero a veces sólo deja delante una verdad para la que todavía no existe una manera de vivir.

Esa verdad convive con cuanto aún permanece. El amor puede continuar después de perder algunas de las certezas que lo acompañaban. También el cariño, la lealtad, la necesidad de cuidar y todas aquellas formas de afecto que han ido creciendo junto a los años. Nada desaparece de inmediato porque uno comience a sospechar que quizá no nacía del mismo lugar ni alcanzaba la misma profundidad.

De ahí tampoco surge necesariamente una dirección. Marcharse no es la única consecuencia posible de haber comprendido, del mismo modo que permanecer no tiene por qué convertirse en una renuncia. Hay verdades que llegan demasiado tarde para cambiar lo vivido y demasiado pronto para saber qué hacer con ellas. Quedan dentro, junto a todo lo que todavía se siente, alterando silenciosamente el lugar que ocupa cada cosa sin alcanzar a decidir cuál deberá ocupar en adelante.

Tal vez sea posible continuar de otra manera. También puede ocurrir que algunas cosas permanezcan durante mucho tiempo en el mismo lugar, aunque ya no puedan ser miradas como antes. La distancia puede ensancharse, encontrar una forma distinta de convivir con lo que aún existe o terminar alcanzando una parte de la vida que todavía parecía a salvo. Ninguna de esas posibilidades contiene por sí sola la respuesta, porque comprender la distancia no permite saber desde qué lugar siente cada uno ni convierte la manera del otro de estar en una ausencia absoluta.

La verdad de lo vivido está también en cuanto uno entrega mientras cree, en lo que cuida, en lo que sostiene y en la parte de sí mismo que deja allí sin reservarla para protegerse. Está en el amor, cuando existe, pero también en el cariño, la lealtad, la compañía y todas aquellas formas de permanecer que forman parte verdadera de la vida, incluso cuando no significan lo que alguna vez se creyó.

Algunas verdades quizá no lleguen para poner fin a lo que las precede ni para señalar el camino que habrá de seguirse. Ocupan el lugar que durante demasiado tiempo permaneció reservado para ellas y quedan allí, junto a todo cuanto todavía permanece, sin explicar por completo los años y sin decidir qué habrá de hacerse con ellos.

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