Sentido común

Hay algo llamativo en el momento histórico que nos ha tocado vivir.

Durante siglos la humanidad avanzó tratando de compensar sus limitaciones. Inventó herramientas para transportar más peso, máquinas para multiplicar la fuerza de sus brazos, sistemas capaces de conservar información que la memoria individual no podía retener. Cada generación recibió algo más que la anterior y añadió una nueva capa de conocimiento sobre las ya existentes. El resultado es el mundo que hoy habitamos. Un mundo capaz de comunicarse de forma instantánea entre continentes, de almacenar cantidades casi infinitas de información y de desarrollar tecnologías que hace apenas unas décadas pertenecían al territorio de la ciencia ficción.

Sin embargo, cuanto más observo nuestro tiempo, más me asalta una sensación incómoda. No estoy seguro de que nuestros principales problemas procedan de una falta de inteligencia. Tampoco de una falta de conocimiento. En muchas ocasiones parecen surgir precisamente en los lugares donde ambas cosas abundan.
Quizá porque hemos dedicado enormes esfuerzos a perfeccionar nuestras herramientas mientras prestábamos menos atención a algo mucho más sencillo; la capacidad de utilizarlas con criterio.

Basta observar muchas de las organizaciones que construimos para descubrir hasta qué punto esta contradicción forma parte de nuestro tiempo. Nunca habíamos dispuesto de tantos indicadores para comprender lo que sucede dentro de una empresa. Podemos medir comportamientos, anticipar tendencias, analizar mercados y conocer con bastante precisión lo que ocurre en casi cualquier fase de un proceso. Y, sin embargo, siguen existiendo compañías que terminan alejándose de sus clientes, equipos que dejan de confiar unos en otros y organizaciones que confunden actividad con avance.

No suele ocurrir de un día para otro. Casi siempre comienza cuando lo evidente deja de recibir atención. Cuando los informes sustituyen a las conversaciones. Cuando la búsqueda de explicaciones consume más energía que la resolución de los problemas. Cuando la sofisticación de los procedimientos termina ocultando preguntas que cualquier persona con sentido común formularía en pocos minutos.

A veces una organización no necesita una nueva metodología, una nueva herramienta o una nueva estrategia. Necesita volver a recordar aquello que ya sabía antes de olvidarlo.
Y si esta contradicción resulta visible en las empresas, quizá se vuelve todavía más evidente cuando miramos hacia nuestras propias familias.

La tecnología ha conseguido que resulte prácticamente imposible perder el contacto con quienes queremos. Podemos saber dónde están, hablar con ellos en cualquier momento y compartir fragmentos de nuestra vida de manera constante. Pero la cercanía nunca ha dependido únicamente de la comunicación. Depende de algo bastante más difícil de conseguir; la presencia.

Hay padres que conocen la ubicación exacta de sus hijos y desconocen sus preocupaciones. Hay hijos que intercambian mensajes todos los días con sus padres y, sin embargo, llevan meses sin mantener una conversación importante. Hay familias enteras sentadas alrededor de una misma mesa mientras cada uno habita una realidad distinta detrás de una pantalla.
La escena se ha vuelto tan cotidiana que apenas nos llama la atención. Sin embargo, encierra una paradoja extraordinaria. Nunca habíamos tenido tantas posibilidades para permanecer conectados y, al mismo tiempo, nunca había resultado tan fácil estar ausentes.

Nada de eso ocurre por falta de amor. Ocurre porque el sentido común suele quedar relegado por la urgencia, por las obligaciones y por esa vieja ilusión de que siempre habrá tiempo más adelante para dedicar atención a lo que realmente importa.
Las relaciones entre iguales tampoco parecen inmunes a este fenómeno.

Vivimos en una época extraordinariamente preparada para emitir opiniones y sorprendentemente poco entrenada para escuchar. La velocidad con la que juzgamos suele ser muy superior a la velocidad con la que intentamos comprender. A menudo reaccionamos antes de haber entendido lo que el otro quiso decir y respondemos a versiones simplificadas de las personas en lugar de hacerlo a las personas reales.

Tal vez por eso resulta cada vez más difícil mantener desacuerdos serenos. Hemos confundido demasiadas veces la discrepancia con la amenaza y la diferencia con la hostilidad. Sin embargo, el sentido común siempre ha sabido algo que nuestro tiempo parece olvidar con frecuencia; que convivir no exige pensar igual, sino reconocer la humanidad de quien piensa distinto.

Quizá ahí resida el verdadero valor del sentido común. No en su capacidad para ofrecer respuestas brillantes, sino en su habilidad para recordarnos aquello que nunca debimos dejar de saber. Que las empresas siguen siendo personas trabajando con personas. Que las familias siguen necesitando tiempo compartido más que tecnología compartida. Y que las relaciones humanas continúan sosteniéndose sobre el respeto, la escucha y la voluntad de comprender.

Puede que el progreso nos permita construir máquinas cada vez más inteligentes. Sería una magnífica noticia.
La cuestión es si nosotros conservaremos la suficiente sensatez para utilizarlas sin olvidar aquello que nos hizo llegar hasta aquí.
Tal vez por eso el sentido común siga teniendo algo de brújula antigua.

No promete velocidad. No garantiza el éxito. No aparece en los titulares ni suele ocupar espacio en los grandes discursos de nuestro tiempo. Sin embargo, cuando las cosas se complican, cuando el ruido aumenta y cuando resulta difícil distinguir lo importante de lo accesorio, casi siempre terminamos buscándolo.

Como quien regresa a un lugar conocido después de haberse perdido.
Quizá porque el sentido común nunca fue una forma simple de pensar.
Quizá siempre fue una forma humilde de comprender la realidad.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *