Ruido de consignas y de discursos huecos

Y me pregunto, ¿cuánto idiota suelto?

“La flotilla”, la llaman. Bautizada con nombre solemne en la ONU, como si el disfraz de las palabras pudiera tapar la desnudez de los hechos. Y allí va un buque de la Armada, no se sabe si a proteger, a escoltar o a entretener la función. Y alrededor, un coro de miserables, no los de Hugo, sino los nuestros, que aceptan la farsa, que repiten el estribillo del poder sin darse cuenta de que cada palabra les encadena un poco más…

Los toros vuelven al escenario político. Nuestra fiesta nacional, convertida en moneda de cambio, como si la memoria de nuestros ancestros pudiera ser subastada al mejor postor.
Mientras tanto, el bobo del cuento diciendo que hay que quitarle las licencias a A3Media y Mediaset. ¿Dónde has dejado el pañuelo ahora tan de moda? Eso ya no te interesa… la coleta sí. Y tus hijos en el cole privado, “para dejar plazas a los demás” en el público. Tiene narices. Y sigue habiendo gente que se lo cree…

Y entre tanto ruido, ¿dónde queda lo esencial?
Ruido de consignas y de discursos huecos. Ruido de escaleras que se bajan, de amenazas disfrazadas de leyes, de estaciones que nunca llegan. Ruido, tanto ruido, que al final solo queda lo de siempre, la soledad de un país que no se escucha a sí mismo. (Gracias Joaquín Sabina).- Platón hablaba del amor como un ascenso, como una escalera que se sube peldaño a peldaño. (de esto ni p idea… no han tenido tiempo…)

La primera fase es la atracción física, la chispa inmediata, la belleza de un cuerpo que enciende el deseo. Los griegos no lo escondían ni lo disfrazaban, lo celebraban. Para ellos, el eros no era pecado, era impulso vital, punto de partida necesario. Pero pronto comprendían que la belleza no podía reducirse a una sola forma. El segundo peldaño es la apertura a todas las bellezas, descubrir que lo bello no se agota en un cuerpo, que lo hermoso se multiplica y nos rodea. La mirada se expande, el deseo se ensancha, y el amor empieza a educar al amante. El tercer paso eleva aún más la experiencia, ya no basta con lo sensible, se busca el alma, la virtud, la bondad. El amor se convierte entonces en escuela, en maestría, en aprendizaje compartido. El amante quiere conocer, quiere crecer, quiere hacer filosofía, porque amar es filosofar…

Y queda una cuarta fase, la más olvidada y quizá la más poderosa, la fecundidad creadora. El amor no se detiene en la contemplación, sino que engendra. Inspira palabras, leyes, obras, comunidades. Engendra ideas, arte y vida. Es el momento en que el amor deja de ser solo experiencia íntima para convertirse en fuerza transformadora del mundo. Mi café de sabios…
Quizá eso nos falta, menos teatro y más amor creador.

Una menos… pero no una más. Menos ruido. Más obra…

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