Todavía conversar
A cierta hora de la tarde los cafés empiezan a cambiar de naturaleza. La luz que entra desde la calle pierde poco a poco su autoridad sobre el interior, alguien enciende unas lámparas que durante el día parecían innecesarias y las mesas comienzan a vaciarse con ese orden discreto de los lugares que conocen mejor que nadie la duración aproximada de nuestras intenciones. Quienes llegaron para resolver algo recogen papeles, cierran un ordenador, consultan el teléfono antes de levantarse y vuelven a incorporarse a la ciudad, que sigue ahí fuera llevando a cada uno hacia el siguiente sitio. Cerca del cristal permanecen dos personas delante de unas tazas que hace tiempo dejaron de necesitar, con un vaso en el que ya no queda hielo y una servilleta plegada varias veces durante algún momento de la conversación. Seguramente habían quedado para hablar de algo concreto y es probable incluso que ese asunto esté resuelto, aunque hace ya bastante que ninguno parece recordar que existió una razón para encontrarse.
No ha sucedido nada capaz de señalar el instante en que la conversación abandonó el camino previsto. Tal vez apareció un nombre y detrás de ese nombre una historia, o quizá una frase hizo recordar un libro leído muchos años atrás, una ciudad que ya sólo conserva su forma dentro de quien la habitó, una persona ausente que continúa compareciendo cada vez que determinadas palabras se pronuncian. Así se desvían algunas conversaciones, sin que nadie decida hacerlo, como esas calles que empiezan siendo familiares y que, después de varios giros tomados por simple curiosidad, terminan conduciendo a una parte desconocida de una ciudad que se creía conocer.
El tiempo, mientras tanto, ha dejado de comportarse con la exactitud que se le exige durante el resto del día. Sigue pasando, naturalmente, pero ya no parece avanzar en unidades iguales ni reclamar una utilidad concreta a cada una de ellas. Algo queda suspendido en esa mesa y recuerda remotamente a las sobremesas que se alargaban cuando todavía era posible permanecer en un lugar sin la sensación de estar llegando tarde a otro, a los paseos en los que no importaba demasiado escoger una calle u otra, a aquellas noches en las que una conversación podía atravesar varias horas sin que nadie sintiera la necesidad de justificar qué se había obtenido de ellas.
Quizá esa forma de tiempo haya estado siempre unida a conversar y resulte ahora más visible porque casi todo lo que rodea a una conversación se ha vuelto extraordinariamente veloz. Una frase cruza el mundo antes de que quien la escribió haya pensado completamente la siguiente. Una reunión puede ser registrada, transcrita, traducida y reducida después a unas cuantas ideas principales. La información que antes obligaba a buscar durante horas aparece en segundos y una inteligencia que no estuvo sentada a la mesa puede reconstruir lo dicho, ordenar los argumentos y señalar aquello que pareció importante. Cada vez será menos necesario recordar las palabras porque algo las conservará con una fidelidad superior a la memoria, aunque siga siendo difícil saber qué parte de una conversación estaba verdaderamente en ellas.
Entre dos personas ocurren cosas que apenas dejan rastro en una transcripción. Una mirada que modifica el sentido de una frase, una pausa que permite comprender que la respuesta todavía no está preparada, la respiración que precede a algo que cuesta decir, el instante en que alguien abandona por primera vez el relato que suele hacer de sí mismo y entra en un territorio menos conocido incluso para él. En esos momentos las palabras no transportan simplemente información de una persona a otra. Van adquiriendo forma mientras atraviesan el espacio que las separa.
Se suele imaginar el pensamiento como una actividad que ocurre en soledad, como si las ideas nacieran completas en algún lugar interior y conversar consistiera después en escoger las palabras adecuadas para entregárselas a otro. Sin embargo, hay pensamientos que nunca habrían existido sin alguien delante. Permanecían dispersos, quizá presentidos, y sólo al intentar explicarlos empiezan a reconocerse. La presencia del otro obliga a elegir, a ordenar, a regresar sobre una frase, a descubrir que una certeza no era tan firme o que detrás de una opinión repetida durante años había una pregunta que nunca llegó a formularse.
De ahí procede quizá esa cualidad difícil de nombrar de ciertas personas junto a las que el pensamiento parece disponer de más espacio. No es únicamente una cuestión de inteligencia o conocimiento, aunque ambas cosas puedan ayudar. Tiene que ver con una manera de escuchar que no reclama inmediatamente una conclusión, con la posibilidad de dejar una idea durante unos segundos en estado imperfecto sin que alguien se apresure a corregirla, clasificarla o convertirla en argumento. Delante de algunas personas se piensa de otra manera porque también se puede dudar de otra manera, y no siempre resulta fácil encontrar un lugar donde la duda no tenga que justificarse.
Durante siglos, buena parte de lo que hoy llamamos pensamiento nació precisamente así. Sócrates no escribió libros y acaso haya algo más que una casualidad en que una de las figuras que más profundamente atravesó la filosofía occidental llegara hasta nosotros mediante conversaciones recordadas por otros. Su pensamiento necesitaba la presencia ajena, la pregunta que incomodaba una certeza, la resistencia de alguien que creía saber y empezaba poco a poco a descubrir la fragilidad de aquello que daba por supuesto. Antes de convertirse en sistema, disciplina o biblioteca, la filosofía tuvo también la forma de dos personas caminando y hablando.
Algo de aquella fragilidad continúa vivo cada vez que una conversación deja de consistir en defender lo que cada uno traía preparado. Mientras se escucha sólo para localizar el momento en el que introducir la propia respuesta, pueden intercambiarse palabras durante horas sin que nada llegue realmente a encontrarse. Es fácil reconocer esa forma de hablar porque ocupa buena parte del espacio público y también una parte considerable de nuestras conversaciones privadas. Cada uno espera su turno, reconoce rápidamente el territorio del otro y responde desde un lugar que ya estaba construido antes de escucharle. El interlocutor se vuelve casi accidental, una ocasión para pronunciar algo que podría haberse dicho exactamente igual delante de cualquier otra persona.
Escuchar contiene una dificultad distinta porque obliga a aceptar durante unos instantes que aquello que se oye podría alterar el lugar desde el que se había empezado. No siempre ocurre y probablemente sería agotador que sucediera todo el tiempo, pero cuando pasa aparece esa leve sensación de desplazamiento que dejan algunas conversaciones, la impresión de que una idea se ha movido apenas unos milímetros y, sin embargo, ya no puede regresar del todo a la posición anterior.
A veces ese desplazamiento tarda años en revelarse. Una frase pronunciada sin intención especial queda alojada en otra persona mucho después de que quien la dijo la haya olvidado, y vuelve en un momento inesperado con un significado que entonces todavía no podía tener. Hay palabras que llegan demasiado pronto y esperan dentro de quien las recibió hasta que la experiencia permite comprenderlas. Una conversación escuchada a los veinte años puede reaparecer a los cincuenta convertida en otra cosa, como si durante todo ese tiempo hubiera permanecido trabajando en silencio.
También las personas cambian dentro de las historias que cuentan. Un padre no ocupa el mismo lugar en el relato de un hijo cuando éste tiene veinte años que cuando empieza a acercarse a la edad que aquel tenía entonces. Un recuerdo de infancia puede permanecer intacto durante décadas y modificar de pronto su sentido después de una pérdida, de una reconciliación o de una experiencia que permite mirar hacia atrás desde un sitio distinto. Incluso quienes llevan media vida conociéndose pueden encontrarse un día con algo que siempre estuvo allí y que, por alguna razón, nunca había sido visto de esa manera.
Conocer a alguien resulta quizá mucho más difícil de lo que permite imaginar toda la información que hoy puede reunirse sobre una persona. Puede saberse dónde estudió, qué trabajos ha tenido, qué ha escrito, qué piensa sobre determinados asuntos y cuáles han sido los hechos visibles de su biografía. Todo ello puede ser verdadero y, al mismo tiempo, dejar casi intacta la parte más importante. Basta a veces una observación menor, la manera de recordar a alguien que ya no está, una costumbre heredada, un miedo que rara vez se pronuncia o una historia contada sin intención de explicar nada para que todo lo anterior cambie ligeramente de sitio.
Una vida no ocurre únicamente en aquello que puede enumerarse. También ocurre en la forma de mirar mientras se escucha, en las fidelidades que nadie conoce, en las palabras que se eligieron cuando habría sido más sencillo utilizar otras, en aquello que se hizo una tarde cualquiera sin imaginar que muchos años después alguien seguiría recordándolo. La conversación permite acercarse a esos lugares porque, cuando deja de obedecer completamente a un propósito, empiezan a aparecer cosas que nadie había ido a buscar.
Y tal vez por eso se parece un poco a perderse.
Perderse tampoco goza ya de demasiado prestigio. Los mapas evitan las calles equivocadas, los algoritmos anticipan aquello que probablemente se desea encontrar y buena parte de la inteligencia contemporánea está dedicada a reducir la distancia entre una intención y su resultado. Es difícil discutir el valor de todo eso. Casi nadie querría regresar voluntariamente a una época en la que llegar a un lugar exigía varias horas cuando hoy puede hacerse en veinte minutos.
Pero algunas formas de descubrimiento siguen manteniendo una relación incómoda con el camino más corto.
También ocurre al hablar con alguien. Una conversación que sabe demasiado bien adónde quiere llegar termina encontrando con frecuencia aquello que ya esperaba. Puede estar magníficamente preparada, formular preguntas inteligentes y producir respuestas valiosas, pero existe un momento en el que la preparación debe aceptar su propia insuficiencia, porque delante hay una persona y una persona suele desbordar cualquier esquema construido para comprenderla.
Entonces una respuesta conduce a un lugar que no figuraba en ninguna pregunta, una historia aparentemente lateral ocupa de pronto el centro y aquello que parecía secundario empieza a iluminar todo lo demás. El lenguaje cambia sin necesidad de anunciarlo. Desaparece cierta manera de hablar que se utiliza para explicar quién se es y aparece otra más lenta, menos protegida, quizá también más próxima, aunque la verdad de una persona nunca sea una pieza que pueda extraerse limpiamente de una conversación.
El valor de esos momentos tiene poco que ver con la cantidad de información obtenida. En ocasiones una conversación de tres horas permite conocer menos hechos y comprender mucho más. Queda después una sensación difícil de traducir, parecida a la que dejan algunos libros de los que no se recuerda página por página casi nada y, sin embargo, durante un tiempo hacen mirar de otra manera aquello que se encontraba fuera de ellos.
Esa clase de experiencia encaja mal en una época acostumbrada a pedir resultados a casi todo. Una reunión necesita conclusiones, una hora debe justificar su coste, una conversación profesional debería producir decisiones y hasta el descanso empieza a medirse por su capacidad para mejorar aquello que se hará después. El tiempo ha ido adquiriendo poco a poco la obligación de demostrar que merece existir.
Sin embargo, buena parte de lo que termina siendo decisivo en una vida habría resultado muy difícil de justificar mientras estaba ocurriendo. Una sobremesa, un paseo, una tarde leyendo, una conversación que se alargó demasiado, una pregunta para la que no había respuesta. Ninguna de esas cosas garantiza nada y quizá por eso conservan todavía una libertad que otros espacios han ido perdiendo.
En el café, las luces del interior se reflejan ya sobre el cristal y la calle se mezcla durante unos instantes con las mesas, de manera que resulta difícil distinguir qué pertenece fuera y qué permanece dentro. Las tazas siguen delante de las dos personas aunque hace tiempo que han dejado de beber, y alguno habrá mirado alguna vez el reloj con esa sorpresa que produce descubrir que han pasado varias horas donde parecía haber transcurrido una sola.
Llegará la despedida. Primero aparecerá ese movimiento casi imperceptible con el que uno reconoce que debería marcharse; después surgirá otra historia, quizá precisamente cuando ya estaban a punto de levantarse, y la conversación ganará todavía unos minutos. Vendrán los abrigos, alguna frase dicha de pie, otra junto a la puerta, y finalmente cada uno saldrá hacia un lugar distinto mientras la mesa queda vacía y alguien recoge las tazas sin poder saber qué ocurrió alrededor de ellas.
Desde fuera apenas habrá sucedido algo.
Dos personas estuvieron hablando durante demasiado tiempo en un café.
Quizá por eso resulta tan difícil advertir la importancia de algunas conversaciones mientras están ocurriendo. No dejan una obra, ni una decisión, ni siquiera una conclusión que pueda repetirse después con exactitud. Durante unas horas levantan un espacio que sólo existe mientras dos personas permanecen dentro, hecho de recuerdos, silencios, asociaciones imprevistas, dudas, palabras que llegaron antes de tiempo y otras que parecían llevar años esperando. Allí puede sentarse alguien que murió hace décadas, una ciudad abandonada, un libro olvidado, el niño que uno fue o una parte de sí mismo a la que todavía no había encontrado la manera de dirigirse.
Después el lugar desaparece con una normalidad casi perfecta. La ciudad continúa, vuelven los mensajes pendientes, las llamadas, la agenda del día siguiente y las pequeñas obligaciones con las que una vida recompone rápidamente su forma habitual.
Las dos personas se alejan por calles distintas.
Es posible que una de ellas, mucho después, recuerde una frase que en aquel momento apenas pareció importante. Quizá no recuerde quién la dijo exactamente ni en qué parte de la conversación apareció. Puede incluso que haya olvidado el café, la hora, la mesa junto al cristal.
Pero algo de aquella tarde seguirá allí.
No necesariamente las palabras.
Tal vez sólo la sensación de haber llegado a un lugar al que ninguno de los dos sabía que iba.