Vivimos demasiado rápido

El mundo evoluciona a una velocidad vertiginosa. Novedades, nuevas realidades, retos, avances, en definitiva, tecnología. El mundo digital no para de experimentar y cada día que nos levantamos hay una novedad entre nosotros. Muchas veces nos hemos preguntado: ¿Estamos realmente preparados para adaptarnos a sus cambios?

Sí, el mundo acelera dejándonos boquiabiertos con los continuos avances que nos presenta. Es más, sacamos la parte más crítica y cuestionamos si estamos preparados para entender todos los cambios que existen. No nos da tiempo a saborear los avances digitales cuando, de repente, aparece en nuestras vidas el metaverso, las criptomonedas o el gran universo del Blockchain.

Sin embargo, deberíamos estar lejos del asombro porque nosotros intentamos seguir el ritmo y vivimos igual de rápido que la tecnología.

Nos levantamos por las mañanas y vamos acelerados al trabajo. Comemos o, mejor dicho, engullimos con la mente puesta en lo que nos queda por hacer. Llega el lunes y deseamos que sea viernes. Mandamos un mensaje y necesitamos una respuesta inmediata.

Estamos inmersos, precisamente, en una gran sociedad de inmediatez. La digitalización y todos los avances tecnológicos que se llevan produciendo en las últimas décadas han provocado para la sociedad una gran aceleración de sus ritmos vitales. Evitando que seamos capaces de disfrutar de nuestras vidas. La impaciencia es el gran adjetivo de nuestra era y, por su culpa, caemos en la frustración.

De ella, os hablé en un artículo reciente publicado en la Revista Capital, donde os explicaba que:

El sentido de la prisa está en todas partes. Existe una gran obligación de saciar la necesidad de información o de obtener una respuesta a cualquier acción al instante, algo que antes no ocurría. Esto, por ejemplo, lo vemos en las notificaciones del teléfono móvil. Cuando llega una, tenemos una necesidad irremediable de consultar quién es, qué es lo que ocurre o qué me quieren decir. Es como un pequeño impulso de nuestro cuerpo a consultarlo en ese mismo instante, sin poder esperar.

Un estudio realizado por Tech España destaca que el 90% de contestaciones a los correos electrónicos recibidos se producen dentro de las siguientes 24 horas de recibir el mensaje. Además, apuntan que el tiempo de respuesta más común es antes de los dos minutos posteriores a haberlo recibido. La mitad de las contestaciones se realizan dentro de los 47 minutos siguientes de haberlo recibido. ¿Entendemos ahora que estemos dentro de la sociedad de la inmediatez?

Esto no solo es perjudicial para uno mismo, sino que el hecho de que el emisor pueda ser inmediato provoca que exista una necesidad de que su receptor puede o debe hacer lo mismo para responder a su mensaje. Esta inmediatez tiende a impactar sobre la paciencia y el rendimiento ya que la necesidad de obtener respuestas fáciles y rápidas ha menguado la capacidad de espera y la construcción de juicios críticos.  El reto está en intentar buscar el equilibrio entre el sentido humano con el beneficio digital.

Leía en un artículo de opinión de El País, escrito por Lara Llopis Verdú: “Creo que no somos realmente conscientes de que esta cultura de la inmediatez nos lleva a la estupidez más absoluta. Las cosas bien hechas requieren un tiempo que en numerosas ocasiones no les dedicamos. La sociedad se está llenando de adictos a corto plazo, a la recompensa del ahora, pero lo único que obtienen es la insatisfacción”.

  • Cambio de mentalidad

La prisa no solo afecta personalmente, sino que también lo hace profesionalmente. Requerimos un cambio de mentalidad y ya son muchas las empresas que están empezando a evolucionar hacia una nueva vida. El ejemplo está en Telefónica y la gran noticia con la que nos despertábamos hace un día: “Telefónica España extiende a toda la plantilla la jornada laboral de cuatro días”.  Unas declaraciones a las que, seguro, se irán sumando muchas empresas más.

Estos cambios, de los que Telefónica es pionera, provienen, en gran medida, de la crisis sanitaria del Covid-19. Cuando comenzamos a vivir encerrados durante meses no quedó más que llegar a un proceso de adaptación. Apareció el ‘teletrabajo’, las reuniones online y la vida mediante las pantallas y, aunque de primeras pareciera que eso no sería posible, resultó ser más que fructífero.

En ese momento podríamos decir que las empresas vivieron un gran cambio cultural. Pero no solo ellas sino las personas que las componen. Hay mucha gente que decidió cambiar porque se dio cuenta de que no se sentía lo suficientemente valorado en su trabajo o que no es lo que le llenaba y esto, es un gran reto.

En España, a diferencia de otros lugares, tenemos muy asentada la idea de perdurar en un trabajo. Sin embargo, en otras partes del mundo cada cierto tiempo van evolucionando, por dos motivos: Conseguir un nuevo puesto que les permita sentirse más realizados o, tener una mejora economía o de su situación personal.

El mundo de los negocios cambió y se instauraron nuevas mentalidades que parece que perdurarán para siempre. El ejemplo, como he dicho, lo tenemos en Telefónica quienes apuestan por una jornada más breve que permita a los empleados tener más tiempo libre para sus quehaceres.

Tenemos que aprender no caer en lo inmediato. El tiempo es nuestro mayor tesoro, es limitado y por tanto es imprescindible tener en cuenta que debemos vivirlo al máximo.

Hay que aprender a ser más pacientes y a no vivir en una velocidad tan rápida. Estar sumergidos en el mundo digital no debe hacer que nos provoque tener la necesidad de obtener las cosas ya. Decía Gregorio Marañón: “En este siglo acabaremos con las enfermedades, pero nos matarán las prisas”.

 

 

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