Un lugar para lo incomprensible
La fruta se desprendió.
La rama que daba sombra al banco durante las horas de más calor permanecía tambaleándose por aquella pérdida repentina mientras una ráfaga de aire fresco atravesaba el lugar. Algunas personas hablaban con los pies apoyados sobre la tierra donde la hierba apenas crecía. Al descubrir la manzana sobre el banco y la marca húmeda que el mordisco había dejado en la pulpa, dejaron de hacerlo.
Aquella noche, un hombre vestido de negro esperaba detrás de una cortina mientras el público terminaba de ocupar sus asientos. Llevaba mucho tiempo preparando lo que iba a suceder y había cambiado tantas veces cada movimiento que algunas personas comenzaban a preguntarse si habría algo que contemplar cuando se encendieran las luces.
La expectación recorría la sala sin necesidad de que nadie pronunciara una palabra. Quienes habían acudido otras veces conocían aquella espera. Sabían que el hombre podía salir al escenario, mirar cuanto había dispuesto sobre él y decidir que todo debía comenzar de otra manera.
Durante los ensayos había pedido que retiraran una mesa, cambiado el lugar de las luces y dejado fuera uno de los trucos que más tiempo había costado preparar. Los ayudantes guardaban silencio mientras volvían a colocar cada cosa porque habían aprendido que el trabajo de varias semanas podía desaparecer después de una mirada y que las manos debían estar preparadas para comenzar de nuevo cuando la cortina ya parecía dispuesta a abrirse.
Al encenderse las luces, el hombre cruzó el escenario despacio y se detuvo junto a una caja cubierta por una tela. Esperó hasta que el último murmullo se perdió en la sala, levantó una de sus manos para mostrar que no escondía nada entre los dedos y retiró la tela con la otra. La caja estaba vacía.
Durante los minutos siguientes, quienes intentaban descubrir cómo lo hacía observaron sus manos, siguieron la dirección de sus ojos y buscaron cualquier movimiento que pudiera explicar lo que estaba sucediendo. La moneda desapareció, las cartas cambiaron de lugar y una mujer entró en la caja antes de aparecer en el extremo contrario del escenario, mientras el hombre vestido de negro se limitaba a dejar que cada cosa ocurriera sin conceder al público el tiempo suficiente para comprender la anterior.
Con el paso de las funciones llegaron nuevas luces, cortinas más pesadas y mecanismos capaces de corregir un movimiento antes de que pudiera ser advertido. Algunos ayudantes aprendieron a repetir los trucos con mayor precisión que quien los había imaginado y consiguieron que la moneda desapareciera, que las cartas aparecieran en el lugar elegido y que la caja se abriera en el momento previsto, aunque el hombre seguía entrando en el teatro horas antes de cada función para cambiar una cuerda, retirar un espejo o desplazar unos centímetros algo que todos consideraban terminado.
Algunas noches aparecía con un truco que todavía no funcionaba y dejaba que la cuerda se rompiera, la trampilla permaneciera cerrada o una carta equivocada terminara entre sus dedos. Los errores obligaban a los ayudantes a salir de los lugares en los que permanecían escondidos y el público asistía a aquellos movimientos sin saber si formaban parte del espectáculo o si estaba contemplando algo que no volvería a repetirse.
Una noche, el vestido negro permaneció colgado en el camerino junto al espejo donde todavía podían verse las marcas de unos dedos. Sobre la mesa quedaron algunos papeles, un vaso de agua y varias anotaciones que los ayudantes intentaron ordenar mientras se acercaba la hora de abrir las puertas. Esperaron hasta que las primeras personas comenzaron a ocupar sus asientos y comprendieron que la cortina tendría que levantarse sin que el hombre ocupara su lugar detrás de ella.
Habían trabajado a su lado, reparado sus errores y conseguido que muchas de sus ideas pudieran llegar al escenario. Sabían cómo sostener la caja, cuándo apagar una luz y cuánto debía durar el silencio antes de que apareciera una moneda. También recordaban las veces en las que algo había cambiado pocos minutos antes de comenzar, aunque aquella noche mantuvieron cada objeto en su sitio y siguieron el orden que habían repetido durante los últimos ensayos.
La función terminó con el público en pie.
Durante los años siguientes las cuerdas dejaron de romperse, las trampillas se abrieron en el momento preciso y la carta elegida apareció entre las manos adecuadas. Fue necesario ampliar la sala, reforzar el escenario y contratar a nuevos ayudantes para que las funciones pudieran repetirse en otros lugares sin que las separaran demasiados días.
El vestido negro continuó colgado en el camerino y algunas personas entraban antes de cada función para comprobar que permanecía allí. A su alrededor fueron acumulándose los planos de los nuevos mecanismos, las instrucciones necesarias para montarlos y varios cuadernos en los que cada movimiento aparecía descrito con la precisión suficiente para que alguien pudiera repetirlo sin haber conocido al hombre.
Cuando uno de los ayudantes proponía cambiar el lugar de una luz, consultaban los planos. Cuando una cuerda parecía demasiado frágil, buscaban la resistencia de las anteriores. Las ideas que no cabían en aquellos cuadernos permanecían durante algún tiempo sobre la mesa antes de acabar en un cajón que fue llenándose de papeles difíciles de ordenar.
Una joven que había llegado al teatro para recoger las cartas después de cada función encontró uno de ellos. Mostraba una caja abierta en un lugar del escenario donde no existían trampillas y, aunque buscó entre los demás dibujos, no encontró instrucciones que permitieran saber qué debía ocurrir en su interior.
Llevó el papel hasta la sala de ensayos, colocó una caja sobre el lugar señalado y durante varias semanas probó con espejos, cuerdas y una pequeña abertura que permitía introducir la mano desde uno de los lados. Al terminar cada intento volvía a observar el dibujo y cambiaba la posición de las piezas sin conseguir que sucediera nada que pudiera mostrarse al público.
Uno de los ayudantes más antiguos comenzó a quedarse con ella después de las funciones. Conocía los mecanismos capaces de resistir miles de movimientos y los errores que podían detener un espectáculo, pero durante las primeras noches se limitó a observar cómo la joven abría y cerraba la caja. Más tarde acercó una herramienta, retiró una de las bisagras y dejó que uno de los lados cayera sobre el suelo.
A la mañana siguiente, quienes entraron en el escenario encontraron las piezas separadas y el papel extendido junto a ellas. Buscaron en los cuadernos algo que les permitiera decidir si podían continuar, mientras la joven intentaba explicar que una caja abierta quizá no necesitara ocultar nada.
En el camerino, uno de los ayudantes descolgó el vestido negro, retiró con la mano el polvo acumulado sobre los hombros y volvió a dejarlo junto al espejo antes de regresar al escenario. El público comenzaba a ocupar sus asientos y detrás de la cortina sólo había varias piezas de madera, una bisagra sobre el suelo y algunas personas intentando preparar algo para lo que todavía no existían instrucciones.
La joven colocó la manzana sobre la mesa. La humedad había desaparecido de la pulpa y el paso del tiempo comenzaba a oscurecer el borde del mordisco mientras, al otro lado de la cortina, las luces de la sala se apagaban lentamente.
Esta semana John Ternus ha asumido la dirección de Apple, quince años después de que Tim Cook sustituyera al mago vestido de negro. La noticia habla de un relevo. Puede que también nos permita contemplar qué conservamos de quienes alguna vez se atrevieron a imaginar lo incomprensible.